Breve Historia de Israel

Breve Historia de Israel

viernes, 16 de abril de 2010

Historia de Israel

Los orígenes del hombre



Jesús ya había pasado los treinta años de edad cuando comenzó. Para todos era el hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat,… hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, que venía de Dios.” (Luc 3, 23…38.)
Lucas arraiga el misterio de Cristo en los orígenes de la aventura humana. Las 77 generaciones son evidentemente simbólicas, pero el último de la lista – que es de hecho el primero – es Adán. Lucas nos dice en dos palabras su eminente dignidad: venía de Dios. El paciente trabajo de los paleontólogos y de los historiadores ha desvelado en parte los orígenes del hombre: durante centenas de miles de años el hombre ha recorrido silenciosamente el largo camino de la vida, preparando de generación en generación a la humanidad en la cual el Verbo habría de encarnarse.
Los antepasados del hombre
La especie humana se presenta como una última rama del árbol de la vida, y nunca se debe olvidar que la cadena de sus antepasados remonta a la primera materia viva de la que salieron todas las especies. Pero todos sabemos que los monos, o simios, son los animales más parecidos a nosotros. De ahí las preguntas:
• Si descendemos de alguno de ellos, ¿de cuál será?
• Y si no son más que primos nuestros, ¿cómo y cuándo nuestros antepasados se apartaron de ellos?
Para empezar, es totalmente seguro que los grandes primates actuales, el gorila y el chimpancé, no son más que primos nuestros. Y no representan al antepasado común, porque mientras el hombre se iba transformando en todo su cuerpo, también los primates, de los que se había separado para empezar esta evolución original, se especializaron en una dirección diferente, caracterizada por el desarrollo de los dientes, de la mandíbula y de los brazos. Los más inteligentes de los actuales primates son más “bestiales” que sus antepasados del tiempo en que nos apartamos.
¿Cuándo se hizo la separación? La ciencia actual no puede precisar la fecha entre dos extremos que serían unos diez o quince millones de años atrás.
¿En qué lugar sucedió ? Hace unos años atrás, todos habrían contestado: en la parte oriental de África, de Etiopía a Tanzania, pues es ahí donde se sitúa la evolución posterior de la rama en la que se origina el hombre. Ahora, a raíz de nuevos descubrimientos en China, parece que la separación se hizo en Asia del este, y que nuestra rama se desplazó posteriormente hacia África donde se humanizó.
¿Cómo sucedió?
Los primeros pasos del hombre, o ¿cómo sobrevivir?
Hace unos diecisiete millones de años, toda la parte oriental de África, de Etiopía a Tanzania, estaba cubierta de selvas ecuatoriales donde prosperaban gran cantidad de primates (los primates son el grupo zoológico que abarca a los monos más cercanos a nosotros). Esos vivían en los árboles y saltaban de rama en rama, con su larga cola que les hacía de balancín. Eran de tamaño pequeño y se alimentaban de frutas y hojas.

Fue entonces cuando la deriva de los continentes y el choque de la placa “Africa-Arabia” con la placa asiática anteriormente separada, produjo un cataclismo geológico. Se hundió una larga falla norte-sur, desde Palestina (con la depresión del Jordán y del mar Muerto) hasta los grandes lagos africanos de Kenya. Tal vez fue ésta la razón por la cual se inició un cambio climático. La humedad disminuyó paulatinamente y las selvas se hicieron menos espesas, dejando lugar poco a poco a la sabana, interrumpida por bosques cada vez más reducidos.
Una parte de los primates se replegaron hacia el oeste, donde todavía subsisten las inmensas selvas. Su evolución los llevó a producir especies más grandes y fuertes, como son el chimpancé y el gorila, que se desplazan preferentemente sujetándose de las ramas con sus brazos largos y atléticos.
En cuanto a los de la parte oriental, tuvieron que adaptarse a una tierra donde por falta de árboles era más difícil defenderse de los carnívoros y donde ya escaseaban las frutas. Para alimentarse de semillas, de raíces y otras fibras vegetales duras, que desgastaban sus dientes, se reforzaron las mandíbulas, el esmalte de los dientes se hizo muy espeso. Para disuadir a los enemigos tuvieron que vivir en sociedades y crecieron en tamaño y fuerza. Ya eran capaces de mantenerse casi en postura erecta. Se afianzaron en esta manera de caminar, valiéndose de sus manos para agarrar la comida que llevaban a su boca y también para defenderse usando bastones y tirando piedras. Es probable que esos antepasados supieron labrar piedras en forma muy rudimentaria para hacerlas cortantes.
Lo que acabamos de exponer no es más que una visión global, un panorama del sector de Africa en que se han encontrado los más numerosos testigos de las especies en que ya se notan las dos alternativas de la vida: desarrollar las herramientas de que ya se dispone para sobrevivir, o superar un desafío creando algo nuevo. Durante los últimos años el examen de algunos esqueletos muy bien conservados tanto en Etiopía y Tanzania al este, como en el Chad al oeste de la gran falla africana han confirmado que durante un tiempo relativamente corto – unos pocos millones de años – las especies de los primates han demostrado una creatividad continua, como si estuvieran en busca de una superación.

Los primates
Se debe mencionar, en especial, un grupo de estos primates conocidos como los Australopítecos (monos del sur), que tenían la misma capacidad cerebral que los actuales gorilas, a pesar de ser mucho más pequeños. Los más antiguos eran más pequeños (como 1,20 m) y delgados, pero posteriormente aparecieron australopítecos “robustos” que alcanzaban 1,50 m y pesaban unos 50 kg, con unos músculos masticadores impresionantes.
Nuestros antepasados escogieron otra solución para superar el desafío de su supervivencia: en vez de reforzar los dientes y la musculatura, se enderezaron, desarrollaron el cerebro y aceptaron cambiar su menú. Esta familia, que los científicos incluyen en el mismo género que los hombres actuales al llamarlos Homo habilis , o sea el hombre artesano fue la primera en tallar piedras. Y es clasificado homo por su semejanza con nosotros. Pero precisemos que esta calificación de “hombre” sólo tiene valor biológico, o sea que se refiere a su cuerpo, y deja entera la cuestión de saber si tenía personalidad y espíritu como tenemos nosotros.
Mientras su primo australopíteco masticaba concienzudamente sus raíces, él, menos atlético pero más pillo, aprovechaba de toda ocasión para hurtar y poner trampas. Comía caracoles, ratones e insectos, pero también atacaba en bandas la caza mayor: antílopes, bovinos, jabalíes y hasta elefantes. Labraba piedras y construía refugios con postes y ramas de árboles.
Cuando el hombre esperaba el espíritu
Homo habilis había aparecido hace unos cuatro millones de años. Se quedó largo tiempo en Africa oriental y luego caminó hacia tierras desconocidas. A los dos millones de años había alcanzado Indonesia y sus familias se desplazaban por toda África, Asia y Europa, menos en las partes septentrionales, cubiertas por inmensos témpanos.
Entonces empezó a modificarse su apariencia: crecimiento en tamaño y peso, alargamiento de la cabeza y desarrollo del cerebro. Hace un millón y seiscientos mil años atrás, toda la especie había progresado, alcanzando una nueva forma, llamada Homo erectus (el hombre enderezado) que quedó bastante estable, así se mantuvo durante más de un millón de años.

Entre los años doscientos mil y cien mil antes de nosotros empezó una nueva evolución, afectando principalmente la cabeza, con nuevo aumento de la capacidad del cerebro, que llevó la especie a la forma Homo sapiens. En África del Norte, Asia y Medio Oriente, este Homo sapiens era casi idéntico a las razas actuales. En Europa en cambio, Homo sapiens adquirió caracteres más rústicos y bestiales, aunque su capacidad cerebral fuera la misma que la nuestra: éste fue el hombre de Neandertal , el que duró hasta los años treinta mil antes de Cristo, siendo sustituido lentamente por un Homo sapiens de la otra clase venido de Oriente, el llamado hombre de Cro-Magnon .
Con esto se termina la evolución biológica del hombre, teniendo presente que su evolución seguiría en adelante en el plan social y cultural. En el lapso que va de los primates arborícolas hasta el hombre, o sea, durante los últimos treinta millones de años, lo que llama más la atención es el crecimiento del cerebro. Pero la correlación entre las diversas funciones del cuerpo es tal que este crecimiento exigía una reordenación de todo el equilibrio y la estructura del individuo. Cuatro factores fueron igualmente necesarios para la hominización de los primates:
1. Desarrollo del cerebro. No puede haber pensamiento y decisiones libres si la mente no dispone de una computadora de primera clase, con millones de millones de circuitos. Los especialistas consideran que no puede haber lenguaje mientras el cerebro no alcanza los 600 cm3 de capacidad. Pero no se trata solamente de un crecimiento cuantitativo. En el cerebro humano se ha desarrollado en forma privilegiada el cortex, o sustancia gris, y se han multiplicado las circunvoluciones. Las áreas laterales, responsables del lenguaje, de los movimientos de la mano, de la faringe y de los músculos de la cara, crecen y se organizan.
2. Reducción de la mandíbula. El hombre tiene manos para defenderse y desgarrar las presas; la mandíbula ya no tiene tanto que hacer para masticar y morder. La estructura de la cabeza ya no está calculada primeramente para soportar los músculos poderosos de la masticación y, al reducirse la mandíbula, el cerebro puede enrollarse y aumentar de volumen. La reducción de dichos músculos permite que se desarrollen los numerosos músculos superficiales de la cara que reflejan las emociones y permiten la comunicación.
3. Perfeccionamiento de la mano. Anteriormente, los animales transformaban partes de su cuerpo para que se adaptaran mejor a tal o cual función: patas para correr, o para cavar el suelo, o para agarrar las presas ; dientes para masticar, para morder, para roer. Ahora la mano fabrica instrumentos distintos del cuerpo, el cual no necesitará alienarse en forma irreversible a tal o cual trabajo, sino que estará siempre disponible para nuevas tareas. La mano, con sus herramientas, alivia los trabajos de la mandíbula, permitiendo que se reduzca ésta y se desarrolle el cerebro.
4. La postura erecta. Al enderezarse totalmente el hombre, los miembros anteriores dejan de ser motores y la mano puede formarse. El desplazamiento del punto de articulación de la cabeza sobre la columna vertebral favorece el enrollamiento del cerebro. La postura vertical cambia totalmente la manera de relacionarse entre individuos y, en especial, las relaciones sexuales: juegos de la cara, intercambio de las emociones y caricias. La unión sexual cara a cara permitirá que surja el amor. El desplazamiento de los senos del vientre al pecho, consecutivo a la postura erecta, transforma la relación de la madre al niño durante el período de lactancia, haciendo que el despertar de su espíritu se haga a partir de la mirada y la sonrisa de la madre.
El desarrollo de la capacidad cerebral ha permitido la emergencia del espíritu, pero hacía falta mucho más que un cerebro de calidad superior para que se diera el salto de la inteligencia animal al espíritu. El mismo crecimiento del cerebro respondía a una exigencia profunda de su ser mientras progresaban sus actividades, su vida social y su lenguaje. En ese sentido, el paso de Homo habilis a Homo erectus y de éste a Homo sapiens , con un aumento considerable de la capacidad cerebral, se debe en primer lugar a su promoción cultural mediante la vida en sociedad. El desarrollo psicológico es el que arrastra el progreso biológico.
¿A partir de qué momento el hombre tuvo “alma”?
Respecto a eso de tener alma, o espíritu, debemos precisar tres cosas:
• Según la fe cristiana – y la mayoría de los científicos y filósofos consienten en este punto – el espíritu del hombre no es solamente una forma superior de la inteligencia animal, sino que es diferente de cualquier alma o principio de vida que estén en los animales. La Biblia lo dice a su manera al expresar que el hombre fue hecho a imagen de Dios (Gén 1,26) y, por tanto, participa de todo lo que hay en Dios. El hombre es capaz de reflexión y de amor ; el hombre es capaz de ver la belleza y de crear arte. Es capaz de descubrir el orden del mundo y de reconstruirlo a su manera. Una inquietud en él, nunca satisfecha, hace que constantemente vuelve en sí, mide sus alienaciones y trata de superarse.
• Damos por entendido que el espíritu no viene poco a poco. Hay o no hay espíritu, y uno no puede estar a medio camino entre la inteligencia animal y el espíritu reflexivo y libre. Solamente se dan etapas intermedias en el desarrollo psicológico que, en el animal, pudo preparar la llegada del espíritu. Y luego, también hay progreso en la capacidad del espíritu para renovar las reacciones psicológicas, la manera de pensar, los proyectos y los actos. Un hombre determinado, o toda una sociedad, puede evolucionar lentamente por tener el espíritu dormido, Pero el espíritu está o no está.
• En el mundo animal o vegetal no cuenta el individuo, sino la especie que vive y crece a través de los individuos. Ahora bien, si unos de ellos llegan a “tener alma” (la palabra espíritu convendría mucho más), se puede hablar de una nueva creación. Esta vez el individuo existe y vale para sí mismo y para Dios: es persona. Y la persona empieza a existir por don de Dios. Es falsa en todo sentido la expresión: el hombre desciende del mono. En especial da a pensar que el hombre llega un poco por casualidad.

En cambio, para el cristiano, desde el principio de la creación, Dios la ha ordenado para que de ella surgieran personas humanas, y dispuso que el universo tendría finalmente por centro y cabeza a uno de esta raza: el Verbo de Dios hecho hombre (Ef 1; Jn 1,1-14).
Las ciencias naturales no pueden fijar la frontera entre el animal y el hombre, pues solamente los observan desde lo exterior. Pero los científicos, usando como nosotros los criterios de la sabiduría común, se fijan en esas adquisiciones del hombre: la fabricación y el uso de las herramientas, la aparición del lenguaje y las manifestaciones del sentimiento religioso y artístico.

El misterio del hombre
Durante muchos años el uso de herramientas fue considerado como algo propio del hombre. Pero ahora la observación de los primates ha mostrado que usan palos como verdaderas herramientas, y es casi seguro que los australopítecos tallaban piedras en una forma rudimentaria. Homo habilis tallaba piedras y además conservaba la piedra para golpear y dirigía el impacto mediante un percusor. Pero también debemos considerar que no progresó en sus técnicas durante dos millones de años. No veinte siglos, ni diez veces veinte siglos, ni cien veces, sino mil veces veinte siglos… ¿Puede el espíritu ser tan lento?
También muchos pensaron que era propio del hombre no temer el fuego y saber producirlo y conservarlo. En ese caso habría habido hombres verdaderos desde los comienzos de Homo erectus , el que usó el fuego, o sea, un millón y medio de años atrás. También muchos piensan que Homo erectus fue el primero en tener desarrollada la parte del cerebro que contiene el centro del lenguaje, y eso sería una prueba de que hablaba. Se ha notado que Homo erectus escogía sus piedras por sus calidades no solamente técnicas, sino también estéticas. Más todavía, el examen de los cráneos del sinantropo (o sea: hombre de China), que era un homo erectus , restos que datan de unos cuatrocientos mil años, hace sospechar a algunos que hayan sido sometidos a ritos religiosos.
Estos últimos hechos, si se confirmaran, serían una prueba de que ya en esos tiempos lejanos hubo hombres verdaderos. Pues las manifestaciones del sentimiento religioso, habitualmente en la sepultura de los muertos, son consideradas por todos como una prueba inequívoca de que se ha despertado el espíritu. En realidad, los testimonios más antiguos de este sentimiento que están seguros son las sepulturas del hombre de Neandertal, un Homo sapiens, en los años treinta mil a cuarenta mil antes de Cristo. Y luego se fueron multiplicando las manifestaciones del arte. Esta es, pues, la fecha más tardía en que se pueda ubicar la aparición del hombre verdadero.
Pero, tal vez la aparición del hombre verdadero, dotado de espíritu, no coincida con tal o cual etapa de la clasificación en homo habilis, homo erectus, homo sapiens. Estas denominaciones se fundamentan en las características de los esqueletos que se han encontrado y no son más que etapas aproximadas dentro de la evolución biológica. Mientras tanto el progreso real de nuestra raza era de orden cultural y psicológico.
El despertar del espíritu puede haber tenido lugar dentro de una de estas especies sin afectar a todos los individuos de esta especie. Posiblemente se produjo dentro de grupos prehumanos a raíz de crisis que conmovieron profundamente a varios individuos, y posteriormente la propagación de esta chispa pudo asemejarse a la de ciertas tomas de conciencia dentro de la historia. ¿Quién sabe, y cuál fue la intervención del Dios que hace milagros y resucita a los muertos? Si, como lo observa la Biblia, no sabemos por qué camino la persona humana se introduce en la mujer embarazada (Pr 30,19), menos todavía sabemos por qué caminos vino a alojarse en los primeros seres humanos.
Enderezado, erecto, liberado, despierto, resucitado
En tiempos pasados se ha dado mucho énfasis al desarrollo del cerebro como factor esencial de la evolución humana: teniendo cada día más inteligencia y capacidad cerebral, el animal habría llegado naturalmente al espíritu. El hombre, en fin de cuentas, sería solamente el más dotado de los animales. Otra es la conclusión que se saca ahora de los datos paleontológicos y arqueológicos. El factor que separó los antepasados del hombre de sus hermanos animales fue la postura erecta, es decir, una manera de pararse, de vivir y de caminar que transformaba las relaciones entre individuos y les permitía levantar la mirada. Luego empezó el progreso cultural, fruto de la vida comunitaria, y la transmisión a los jóvenes de las experiencias del pasado. El crecimiento del cerebro acompañó la promoción del hombre sin ser la causa verdadera.
El enderezamiento ha dado la pauta del proceso; ha sido el primer gesto liberador, fuente lejana de actitudes libres y de relaciones personales. Como tal se ubica perfectamente dentro de la gran revelación bíblica que presenta la historia divina del hombre como hecha de liberaciones y rupturas, mediante las cuales el hombre se salva o sea conquista plenamente su persona - aunque nunca sin una mirada ajena en la que descubrió el amor.
















La prehistoria en Palestina

La época mousteriana
La mayor parte de la evolución que permitió a la raza humana liberarse de sus antepasados animales se produjo en ambas orillas del Ghor, la gran depresión que se extiende desde Siria hasta los Grandes Lagos africanos. Las excavaciones efectuadas en Palestina, y más precisamente en Galilea, han llevado al descubrimiento de restos humanos que constituyen eslabones muy importantes en la génesis de nuestra raza.
Establecimientos humanos han sido encontrados en Galilea, revelando la presencia de los antepasados del hombre durante centenas de miles de años. En las laderas del Carmelo que dominan la planicie costera, una gruta entrega restos humanos de tipo neandertal poco acusado. Otra gruta cerca de la primera guardaba esqueletos emparentados con el hombre moderno. En las laderas que bajan de Nazaret a la planicie de Yizreel, la gruta de Qafzeh contenía otros esqueletos igualmente emparentados con el hombre moderno. Otros descubrimientos imponen esta conclusión: que los individuos de esos dos tipos ( neandertal y homo sapiens sapiens ) tuvieron un origen común.
La comparación con los esqueletos hallados en Europa ha hecho avanzar considerablemente el problema de las relaciones entre esas dos razas del homo sapiens. Parece que una parte de los primeros grupos neandertalenses (o preneandertalenses) vivieron en el Cercano Oriente, hace unos 100.000 años. Durante todo el período musteriense permanecieron con sus mismas características, mientras que sus parientes que se extendieron desde Italia a Europa fueron adquiriendo poco a poco esos rasgos más “bestiales”, que le han valido a la palabra neandertal un sentido bastante negativo. Los neandertalenses de Palestina y de las regiones vecinas, en cambio, representaban con toda probabilidad una etapa hacia el hombre de Cro-Magnon, un homo sapiens sapiens que se encontrará más tarde en Francia.







Ubeidiyeh
El valle del Jordán, a la salida del lago de Tiberíades, cobija el sitio de Ubeidiyeh

Importantes informaciones sobre la evolución del Homo erectus han sido proporcionadas por los trabajos arqueológicos de Oubeidiyeh en Palestina. Varias excavaciones realizadas a algunos kilómetros al sur del lago Tiberíades, han revelado una presencia humana que duró aproximadamente de 1.300.000 a 700.000 años.

Por consiguiente, hace unos 850.000 años, algunos hombres comenzaron a tallar la piedra propia del lugar (basalto, caliza y sílex) para hacer utensilios. Vivían al borde de un lago de agua dulce en zonas pantanosas cuyos contornos variaban según las fluctuaciones de la temperatura y de la pluviosidad. Las laderas de las mesetas que lo dominaban estaban cubiertas de bosques, más allá prevalecía la sabana. Su alimentación provenía esencialmente de los venados, caballos, gacelas, e hipopótamos que cazaban en dicha zona. Y ésto duró unos 600.000 años.
Este descubrimiento iba a añadirse al del famoso “hombre de Galilea”, conocido por un fragmente de cráneo encontrado algunos años antes en el norte del Lago Tiberíades, y que muy probablemente vivió hace 200.000 años.

Fin del Paleolítico y Neolítico
Se sabe que la prehistoria se divide en dos períodos de duración muy diferente, el Paleolítico o (o edad de la piedra antigua), la edad de la piedra tallada, y el Neolítico (o edad de la piedra nueva), la edad de la piedra pulida. El primer período comenzó hace dos millones de años, el segundo tuvo solamente ocho a diez mil años. El primero es el del primate, y luego del hombre depredador, que vivía de la caza y de la recolección de alimentos, el segundo es el del hombre sedentario que empezó a vivir de la agricultura y de la ganadería. Entre esos dos períodos aparece en Palestina la cultura Natufiana, que duró cerca de 2.000 años (de 10.500 a 8.500). Fue entonces cuando el hombre se estableció en un lugar y cuando aparecieron las primeras casas en el curso superior del Jordán.

Una religión matriarcal
A veces uno se sorprende al comprobar el carácter feminista de los primeros cultos rendidos a la divinidad por los hombres de la prehistoria. Quizás olvidamos que el hombre en espera de la Revelación no tiene otra alternativa en su búsqueda religiosa que la de proyectar en el mundo divino las realidades que presencia diariamente.
En el Cercano Oriente al igual que en Europa las figuras femeninas ocupan el primer lugar entre las representaciones humanas, y todas ponen de manifiesto los atributos de la maternidad. En una sociedad en que el porvenir de los grupos humanos, poco numerosos y a menudo alejados unos de otros, depende esencialmente de la fecundidad de la madre y, por extensión, de toda fertilidad, el hombre expresará su creencia religiosa por el culto a la diosa madre. La famosa estatua conocida como la “Venus de Brassempouy”, como asimismo las divinidades en marfil de Berseba del cuarto milenio, o las estatuas de las islas Cíclades estilizadas como un violín expresan, hasta la entrada del hombre en el período histórico, una misma visión del mundo de los dioses.
Pero cuando la expansión demográfica obliga a las poblaciones de la cuenca oriental del Mediterráneo a la civilización urbana, la organización social, la conquista de nuevos territorios o a la defensa del patrimonio adquirido, el rostro de la divinidad cambiará también: la sobrevivencia del grupo depende ahora en gran parte de la fuerza y la valentía del hombre; de golpe las divinidades masculinas ocupan los lugares de privilegio en el club de los dioses… mientras las ciudades se protegen de murallas cuyos defensores o asaltantes serán hombres. Aun cuando se encuentren todavía aquí y acullá, y hasta los días de Alejandro, algunas divinidades femeninas en el mundo de los dioses, como Cibeles, la Gran Madre llamada también la Artemisa de Efeso (He 19,28), o la Diosa Madre de los Frigios…, Egipto, Grecia y Roma impondrán en el mundo mediterráneo a Amón, Zeus y Júpiter como padres de los dioses y de los hombres.

Últimas etapas antes de la historia
Instalaciones de los fundidores en el sitio calcolítico de Timna.


Casi la totalidad de los grandes sitios palestinos fueron abandonados entre 6600 y 5500. Una nueva población ocupó luego el país, su origen habrá que buscarlo en el norte. En el curso del 4° milenio aparecieron los primeros objetos de cobre. El pico de los mineros se escuchó en el sitio de Timna en el norte de Eilat y el fuego del crisol en donde se separa el cobre de su ganga se encendió en la región de Beershéva: un tesoro encontrado en los bordes del mar Muerto, un poco al norte de Massada manifiesta la destreza de esos artesanos.
Al mismo tiempo, se trabaja el marfil, se teje el lino, se domestica el buey y el cerdo. Los ritos funerarios se diversifican según los lugares y es así como en Azor, cerca de Tel Aviv, se colocan los huesos, después de una primera sepultura funeraria, en casitas de barro, en lo alto de cuyas puerta domina una nariz, acompañada a menudo por dos ojos pintados o por dos senos. A finales del 4° milenario, la viña, desconocida hasta entonces, fue introducida en Palestina y el olivo cubrió de un color de plata las colinas; el uso del torno del alfarero se generalizó; la vida urbana se organizó y las ciudades se rodearon de murallas. Es entonces cuando el Egipto Faraónico nació, y las ciudades independientes de Sumeria, inventaron la escritura; los papiros del borde del Nilo se cubrieron de jeroglíficos, y la arcilla de Mesopotamia, cincelada de cuneiformes por los estiletes de los escribas nos ofreció sus primeros textos. Con este importante invento, El Oriente Medio abrió las puertas de la historia.




























El tiempo de los patriarcas

Palestina en el tercer milenio

ARAD, los vestigios de la ciudad cananea del tercer milenio A.C.


El desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales que había comenzado a fines del cuarto milenio trajo consigo un aumento de la población. Se multiplican las ciudades en Palestina central y Palestina del norte; en el sur, en el Negueb, encontramos en Tel Arad, al norte de Berseba, una ciudad que tuvo entre 2.900 y 2.650 a.C. dos fases de ocupación brillantes. Las relaciones comerciales se extienden fuera del país, las minas de la Araba de las cuales se extraía el cobre en los siglos anteriores son abandonadas porque ese metal es ahora importado. En cambio, el aceite de oliva de Palestina se vende en Egipto. Dentro de las ciudades la vida se organiza, y se produce una diferenciación de labores: las ciudades tienen sus templos y sus palacios. Si bien se ha logrado la unidad étnica y lingüística de Siria meridional y de Palestina, esa región continúa sin embargo parcelada en numerosos pequeños estados que se enfrentan con frecuencia.

Parece que a partir de la tercera dinastía egipcia (hacia el 2.700), los faraones tuvieron que actuar con autoridad con aquellos a los que los textos egipcios llamaban los “asiáticos”. Y así es como el Antiguo Imperio de Egipto, en un último esfuerzo antes de su derrumbamiento, lanzó bajo el reinado de Pepi I varias expediciones punitivas a Palestina que tuvieron como resultados el desmantelamiento y la ruina de numerosas ciudades fortalezas cuyo creciente poder inquietaba a Egipto; eso ocurría alrededor del 2.250 a.C.
Antiguo Oriente: 2800-2400




Antiguo Oriente: 2400-2150









La presión irresistible de los nómadas
El valle del Oronte, corredor natural entre la Siria del norte y Palestina.

Las intervenciones de Egipto en Palestina no bastan para explicar la ruina de la civilización que se había allí desarrollado durante la mayor parte del tercer milenio, sino que además todo el Cercano Oriente experimentó un período de graves convulsiones entre el 2.200 y 1.900 a.C. Tanto en Mesopotamia como en Egipto, el poder y sus instituciones son barridos: en realidad diferentes son las causas según los países, pero el origen común de esas crisis políticas se debe a la presión irresistible de los nómadas del desierto sirio, conocidos bajo el nombre de mar'tu en las epopeyas sumerias, y de amurru en los textos acadios: son los amorreos. Vilipendiados por los escritos de esa época como seres incultos y despreciables, que desconocían la agricultura y la vida urbana, lograron sin embargo imponerse a los viejos estados del Cercano Oriente. Poco a poco fueron ocupando sus lugares; adoptaron sus formas de vida ciudadana y, algunos siglos después, ascendieron a los tronos de varios reinos de Mesopotamia.
Es dentro de este marco de movimientos de los nómadas hacia la franja de territorios cultivables donde hay que situar la migración de Abram llegado de Harrán, o quizás de más lejos aún, de Ur, a la Tierra prometida. Estudios muy precisos demuestran que los nombres de Abram, Isaac y Jacob eran de origen amorreo, y permiten ubicarlos aproximadamente a comienzos del segundo milenio a.C. El texto del Deuteronomio (26,5) que habla de Abram como de un “arameo vagabundo” es un anacronismo, al menos en su formulación. El redactor, que vivió en el primer milenio a. C., recibió sin duda la tradición referente al origen sirio y nómada de esos grandes antepasados, pero en los momentos en que escribía, los nómadas que recorrían esa región del Cercano Oriente eran llamados en los textos con el nombre de arameos; por eso adoptó la expresión que estaba en uso. Pero los mismos textos bíblicos atestiguan que durante más de un milenio se ejerció de manera permanente sobre las fronteras de los estados de la Fértil Medialuna el embate de los nómadas del desierto sirio. Sólo tuvo consecuencias allí donde el poder en ejercicio era demasiado débil para resistirle.
Antiguo Oriente: 2150-2050



Antiguo Oriente: 2050-1750









Una edad de oro en Palestina
Ruinas de la ciudad cananea de Ugarit (1350-1190); aquí el patio del palacio real.













Mientras Mesopotamia y Siria del norte se veían afectadas por movimientos de poblaciones que venían de regiones de más al norte, Palestina en cambio, en donde los amorreos se habían ya integrado al viejo fondo de población local, conoció una era de gran prosperidad. Después de un eclipse de dos a tres siglos, las ciudades fueron reconstruidas, y se levantaron nuevas fortificaciones. Desde la antigua Ugarit en Siria hasta el sur de Palestina central se desarrolló entonces una notable civilización de la cual dan testimonio la calidad excepcional de su cerámica y los progresos de la metalurgia del bronce. Se trabaja el oro y la piedra con una gran habilidad, pero tanto en eso como en la ebanistería se hace evidente la influencia de los modelos egipcios.




Los Hicsos
Según toda probabilidad esta región en pleno desarrollo fue el lugar del que salieron los Hicsos, unos jefes militares que se abalanzaron sobre Egipto durante el siglo 18 a.C., fundando allí dinastías extranjeras en el delta y en el curso medio del Nilo. En los textos egipcios el vocabulario empleado para referirse a esos invasores era el que se utilizaba desde hacía siglos para designar a los habitantes de Siria y Palestina.

Pero el nombre que llegó hasta nosotros es el de Hicsos. Nos ha sido legado por Manetón, un sacerdote del santuario de Heliópolis, que escribió las Crónicas de los Faraones alrededor del año 300.
Durante los dos siglos en que los Hicsos se sentaron en el trono del Bajo Egipto, los movimientos de los nómadas de Palestina hacia el delta del Nilo se vieron probablemente facilitados: “los habitantes de las arenas”, la “gente del Retenu”, para usar las expresiones egipcias, aparecían como menos sospechosos a una administración faraónica al servicio de extranjeros. La migración de Abrahán a Egipto y la promoción de José en el país del Nilo guardan de alguna manera el recuerdo de esos acontecimientos. En esos relatos populares, leídos y releídos a lo largo de los siglos, en contextos culturales a veces muy distintos, la Biblia nos transmite un eco de la situación de los nómadas del Cercano Oriente durante el segundo milenio, y es allí donde tiene sus orígenes el Pueblo que Dios llamó a la Alianza.








Antiguo Oriente: 1750-1550

Una relectura
Sólo en el curso del primer milenio a.C. fueron puestas por escrito las tradiciones relativas a los Patriarcas. Pero para ese entonces la experiencia espiritual de Israel había ya progresado: el tiempo en el desierto, las hostilidades con Canaán, los comienzos de la monarquía fueron otros tantos lugares donde Dios hablaba por sus Profetas. La mirada, pues, que se dio a los patriarcas, su historia y su vocación, durante este período real, estuvo profundamente influenciada por ese enriquecimiento espiritual. Es lo que se llama el fenómeno de “relectura”.








Los Patriarcas








La promesa que juró a nuestros Padres
Hebrón. Una muralla del tiempo de Herodes rodea la sinagoga, la iglesia y la mezquita. Aquí veneran la tumba de Abrahán.


En esos relatos aparecen los Patriarcas en primer lugar como hombres llamados por Dios. En efecto, al llamado de Dios Abram deja su país; por una intervención divina Isaac ve el día, y en un sueño el Eterno le renueva a Jacob la promesa. Una certeza se advierte a lo largo de todos los relatos populares del Génesis: Dios eligió a nuestros padres y, en ese llamado, estaba prefigurado el llamado de todo el Pueblo. Los hizo depositarios y testigos de una promesa que sobrepasaba el tiempo y que hallaría su cumplimiento en la Encarnación del Hijo de Dios.
El pueblo de Israel proyecta sobre los Patriarcas la experiencia de la protección divina que ha experimentado a lo largo de su historia: Abrahán, Isaac y Jacob pasarán por muchas pruebas que parecerán obstaculizar el cumplimiento de la Promesa, pero en cada oportunidad Dios intervendrá en favor de sus fieles. Desde entonces se concretará entre Dios y los padres una relación privilegiada: fidelidad de Dios a su palabra y, de parte de los Patriarcas, confianza inquebrantable. Israel será invitado a ver en ellos, a lo largo de su camino, tanto las maravillas de Dios en favor de los que se ha elegido como el ejemplo de una fe indefectible.



Éxodo y tierra prometida

Un silencio de varios siglos
En el último capítulo del Génesis, asistimos a los funerales de José, al que la Biblia presenta como uno de los doce hijos de Jacob. No hay que ver allí un informe de una situación familiar precisa y de los doce hijos reunidos bajo la autoridad del viejo patriarca. Al presentar esa imagen de los orígenes comunes de las doce tribus, el autor sagrado procuraba más bien fortalecer su unidad siempre tambaleante. Ese escritor del tiempo de Salomón no tenía los medios para reconstituir el contexto exacto dentro del cual había evolucionado José, su héroe, e incluso, hay muchos anacronismos en su relato, como por ejemplo los nombres egipcios que cita (Sophnat-Panéah, Asnat, Poti-Phéra), que son del siglo 11. Sin embargo, la imagen que presenta de las relaciones entre el faraón, José y los hijos de Jacob corresponde con bastante exactitud a la situación que había vivido Egipto en el siglo 17, la probable época en que vivió el patriarca, cuando Egipto acababa de caer bajo el dominio de príncipes extranjeros venidos de Palestina.
La historia de José conserva el recuerdo de frecuentes incursiones de nómadas impulsados por el hambre a las tierras de cultivo del delta. Deja también traslucir cómo algunos “asiáticos” de origen tal vez muy modesto, llegaron a ocupar puestos de alta responsabilidad durante el período de los Hicsos.








El Éxodo de Moisés
Entrada al gran Templo de Amón en Karnak. El carnero es uno de los animales asociados a esta divinidad.

Grandes faraones, Tutmosis I y Tutmosis II devuelven al Egipto reunificado la gloria y la autoridad perdidas. Pero Aknatón, el singular Faraón místico, deja sumido al país del Nilo en una crisis terrible; el clero de Amón se opone ferozmente al culto de Atón impuesto por el soberano, en el mismo momento en que las provincias exteriores se rebelan. Es necesaria toda la energía de Horemheb, general en jefe de los ejércitos de Tutankamón, y el apoyo incondicional del clero de Tebas para arrancar a Egipto del abismo y devolverle con la 19ª dinastía una nueva y última hora de gloria. Sethi y su hijo Ramsés II construyen fortificaciones en la frontera oriental y en la ruta del mar, y la capital se desplaza al delta. Todas esas construcciones requieren de mano de obra numerosa, la que se recluta de buen o mal grado entre los nómadas que se habían quedado después de la expulsión de los Hicsos o que habían vuelto aprovechando el debilitamiento de Egipto en el siglo anterior.
Fue entonces cuando algunos de esos clanes salieron al desierto bajo el pretexto de ofrecer un sacrificio conforme a sus costumbres ancestrales, y se fugaron. Bajo la conducción de Moisés, evitando el camino más directo pero también más controlado por Egipto, el camino del mar, se sumergen en las sendas utilizadas por los convoyes de prisioneros condenados al trabajo de las minas de turquesa de Serabit-el-Khadim, y llegan hasta el macizo granítico del sur de la península. Fue en el transcurso de ese largo camino cuando Dios multiplicó para ellos las señales de su fidelidad. Los libros del Éxodo y de los Salmos nos cuentan bajo diferentes formas las maravillas de Dios a orillas del Mar al que el texto bíblico llama Mar de las Cañas.
Antiguo Oriente: 1550-1380








La elección de Israel
Pozo de agua amarga en el sitio de Aín Musa, lugar donde probablemente se ubicó Mara (Éx 15,23).

Los textos bíblicos otorgan a la salida de Egipto una i mportancia capital, que es expresada así por el Deuteronomio: “Nunca hubo un Dios que fuera a buscarse un pueblo y lo sacara de en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas y de señales” (Dt 4,34). Se trata en ese momento de un verdadero alumbramiento. Dios hace nacer un pueblo nuevo e Israel recordará en adelante la salida de Egipto como el día de su nacimiento como pueblo de Dios.
La salida de Egipto irá ligada a la revelación del Horeb, la que dará a ese pueblo recién nacido su verdadera identidad: Yavé se ha ligado a ti, y te ha elegido… por el amor que te tiene y para cumplir el juramento hecho a tus padres. Por eso, Yavé, con mano firme, te sacó de la esclavitud y del poder de Faraón, rey de Egipto (Dt 7,7).


El Horeb
Vista del Djebel Musa, uno de las dos cumbres del macizo del Sinaí


El número de años en que Israel vaga por el desierto del Sinaí es de cuarenta según el texto bíblico; pero esa cifra es simbólica. Corresponde al número de semanas en que la mujer lleva al hijo en su seno: es pues a la vez tiempo de prueba y tiempo de esperanza. El Horeb será la etapa capital de ese largo caminar: allí será donde la tradición establecerá igualmente el episodio de la zarza ardiente.
En el Horeb Dios se manifiesta, Dios habla, y Moisés, descalzo y el pueblo purificado, escuchan la voz de su Dios sin morir: ¿Ha quedado con vida algún pueblo después de haber oído, como tú, la voz de Dios vivo? (Dt 4,32).
En el Horeb Dios se revela: “Yo soy Yavé, Yo soy: YO-SOY” (Ex 3,15)
En el Horeb Dios da la Ley al pueblo que se ha elegido. Observar esa ley será para él la manera de expresar su fidelidad al llamado único que ha oído al pie de la Montaña Santa.
El Éxodo







El encuentro en Cadés-Barne
El oasis de Cadés Barne


El testimonio de la experiencia que habían vivido los clanes salidos de la “casa de la esclavitud” guiados por Moisés se difundió en los siguientes decenios entre las demás tribus que habían permanecido en Palestina, o que habían vuelto en el siglo 16 a raíz del movimiento xenófobo que acompañó a la victoria de Ahmosis sobre los Hicsos. Ese compartir experiencias se efectuó especialmente en Cadés-Barne, cuyo nombre significa el (lugar) santo de Barné. Ese oasis de manantiales abundantes donde se cruzan las rutas que llevan a Egipto, a Berseba y al golfo de Eilat, fue un lugar de encuentro privilegiado entre los clanes conducidos por Moisés y las tribus que estaban en Palestina.
Debido a la celosa independencia de los nómadas, las tradiciones orales evolucionaron en uno y otro lado de manera original y diversa, pero en el siguiente período la voluntad de unificación del poder real produjo fusiones, agrupamientos a veces inadecuados de esas mismas tradiciones. Por lo tanto es muy difícil hoy en día decir más sobre esa experiencia espiritual compartida. Pero es evidente que fue una cosa decisiva para el porvenir: la salida de Egipto y el ascenso a la Tierra Prometida permanecieron, a lo largo de toda la tradición judíocristiana, como la experiencia inicial y fundadora de todas las liberaciones que Dios ha realizado en favor de su pueblo, y que encontrará su plenitud en Jesucristo en el Misterio Pascual.
Josué
Jericó. Vestigios de la muralla del tercer milenio antes de Cristo.

Será Josué quien hará cruzar el Jordán al pueblo de inmigrantes que Moisés condujo desde Egipto hasta el Monte Nebo. Él lo introducirá en la Tierra Prometida.
Hablar de pueblo es mucho decir. En realidad no se trata todavía más que de algunos clanes, a los que se agregaron nuevos elementos durante el alto en el lugar santo de Cadés-Barné. Por pocos que sean esos nómadas confiados ahora a Josué, llevan consigo una experiencia tan enriquecedora que será pronto la herencia espiritual de todos. Frente a los cananeos que viven en las ciudades y cultivan los campos de los alrededores, esos nómadas van tomando poco a poco conciencia de su originalidad y de su identidad. Durante este período de Josué y de los Jueces se constituye realmente el pueblo de Israel.
El libro de Josué nos presenta una conquista sistemática del país llevada a cabo por Josué a la cabeza de las tribus; pero de hecho las cosas pasaron de manera muy diferente debido a dos razones. En primer lugar, como lo confirman las excavaciones arqueológicas, sólo algunas tribus del sur se vieron afectadas por el exilio a Egipto y los posteriores retornos a la tierra de Canaán. Por otra parte, los clanes nómadas estaban en situación de inferioridad frente a los ocupantes de las ciudades; al abrigo de sus fortificaciones, los cananeos, poseían armas de guerra y carros terribles; en cuanto a los filisteos eran expertos en la metalurgia y sus ciudades portuarias les permitían el comercio de los metales.

Jefes carismáticos
La obligación impuesta a unos y a otros de vivir juntos en una misma tierra produjo ciertamente muchos choques. Lo que va a salvar el porvenir de las tribus de Israel será tanto la agresividad de unas de ellas (pensemos en la tribu de Efraím cuyas hazañas son contadas en el libro de Josué) como, y sobre todo, su confianza en la ayuda de Dios que experimentaron muchas veces.
Después de Josué los israelitas, desorganizados y divididos, se reagruparon en los momentos difíciles alrededor de jueces de tribus o de jefes innatos surgidos del pueblo, como Débora o Gedeón. El profeta Samuel era uno de ellos, y fue el último. Sus hijos eran mediocres y corrompidos; eso, más la edad avanzada de Samuel, fue un buen pretexto para el pueblo para pedirle un rey como lo tenían las demás naciones. De hecho, se había acabado el tiempo del nomadismo y las tribus, establecidas ahora en la tierra, deseaban nuevas instituciones.





















Los Jueces


El silencio de las grandes potencias
Puede uno extrañarse de que ese pequeño mundo, cananeos, israelitas y filisteos, sin contar a los amalecitas, madianitas y otras tribus más o menos nómadas, hayan podido, durante ese tiempo, aliarse, enfrentarse y arreglar sus problemas sin suscitar la menor reacción de las grandes potencias de la época. Es que estaban muy debilitadas. La vigésima dinastía termina lamentablemente en Egipto con el reino de Ramsés XI, quien ve a su primer ministro, el sumo sacerdote de Amón, arrebatarle el trono y gobernar en el Alto Egipto, mientras que en el Bajo Egipto un hijo del vencido faraón, Smendes, hace de Tanis su capital. En Mesopotamia, las cosas no van mucho mejor. Desde comienzos del siglo undécimo, asirios, babilonios y elamitas han ido agotando sus fuerzas por imponer su supremacía. Estando fuera de carrera Egipto y Mesopotamia ¿podía todavía esperarse alguna intervención venida del norte?
El imperio hitita, que en el siglo 13 había inquietado un tiempo al gran Ramsés, había sufrido en el siglo siguiente incursiones extranjeras, y ahora tracios, frigios y armenios se empeñaban en despedazarlo. En tales circunstancias los pequeños estados del Cercano Oriente podían llevar a cabo sus proyectos sin verse molestados por los grandes.
El imperio hitita, que en el siglo 13 había inquietado un tiempo al gran Ramsés, había sufrido en el siglo siguiente incursiones extranjeras, y ahora tracios, frigios y armenios se empeñaban en despedazarlo. En tales circunstancias los pequeños estados del Cercano Oriente podían llevar a cabo sus proyectos sin verse molestados por los grandes.
Los imperios amenazados (1380-1100)






La gran crisis de fines del 2º milenio (1100-883)











El tiempo de los reyes

Los ancianos piden un rey
Montaña de Benjamín, lugar de origen de Saúl

Hacia los años 1050, el crecimiento demográfico de los antiguos nómadas preocupa a los pequeños reinos de Palestina y estalla el conflicto entre la federación filistea y las tribus de Israel. El libro de Samuel comienza con el relato de un enfrentamiento desastroso con la federación filistea en esa época: “Los filisteos se lanzaron al ataque y derrotaron a Israel… el Arca de Dios fue capturada…” (1Sam 4,1).
Los filisteos, establecidos hacía ya dos siglos en la costa sur, representaban en ese momento el principal peligro. En el combate de Eben-Ha-Ezer los filisteos mostraron la superioridad de su armamento y la fuerza de su unión. Para los nómadas, tan celosos de su independencia, la centralización del poder se volvió una necesidad y resolvieron seguir el camino de la sabiduría. Ocurre entonces la elección de Saúl.


David
El Ofel (cuna de Jerusalén) entre el Cedrón y el Tiropeón, a la salida del sol.

Saúl fue un rey de transición, pero la elección de David por Dios y su consagración por Samuel marcan un giro decisivo en la historia de Israel. Apenas ascendido al trono, David se esfuerza por restaurar la unidad de las tribus que acaba de volar en pedazos después de la muerte de Saúl. Para evitar cualquier favoritismo, conquista su capital, que no figuraba en el catastro de ninguna tribu. La ciudad había permanecido hasta esos días en manos de los jebuseos, una rama de la gran familia cananea. David se apodera de ella, y será Jerusalén. La ciudad será tanto la Ciudad de David como la Ciudad de Dios: de ahí que el primer acto del rey es ordenar que ascienda el arca de la Alianza a su nueva capital.
Los primeros años de David están consagrados a las guerras que le permiten imponerse primero como único soberano de Israel y luego como líder de Siria y Palestina. Por algunos años impone la “paz israelita” a todos sus vecinos. La población israelita domina pues el país, mezclada con los pueblos más antiguos, filisteos y sobre todo cananeos, los que no desaparecerán y que recuperarán el poder en cuanto se lo permita la ocasión. Si bien Israel impone en adelante su ley, la cultura cananea persiste y las denuncias de los profetas son testigos del importante papel que desempeñaban las culturas cananeas hasta mucho después del Exilio en la vida cotidiana del pueblo elegido.
Entre los hijos de David, nacidos de diferentes mujeres, se desata la lucha por el poder, hasta que Salomón se queda con él, gracias al apoyo del profeta Natán que ve en él el amado de Yavé. Pero su ambición y su ansia de aparentar lo empujan a una política de prestigio: se casa con mujeres extranjeras, hasta una hija del Faraón entra al harén real. Acoge a la reina de Saba, establece alianzas, comercia con el Asia Menor. Esta política en la que el gusto por el lujo va unido a los compromisos atrae tanto los reproches de Dios como la cólera del pueblo.
El pueblo está cansado de los trabajos forzados cada vez más numerosos, del látigo de los capataces de obras; por eso a la muerte de Salomón estalla el conflicto. Ante las reclamaciones de los jefes de tribus, que fueron a Siquem a exponer la causa del pueblo, el joven rey, Roboam, endurece su postura; la reacción es inmediata, se produce la secesión de todas las tribus del norte. Se unen a Jeroboam que hace de Siquem su capital.














El Reino de David
















Los distritos de Salomón















Los abastecedores de Salomón











Un cisma religioso
ARAD – Las ruinas del santuario israelita: altares de los perfumes y Massebot

La ruptura política que acababa de suceder iba a producir también un cisma religioso: Jeroboam construyó santuarios… también decretó una fiesta que se celebraba el 15 del octavo mes, semejante a la que se celebraba en Judá (1Re 12,26).
En efecto, es verdad que el templo de Jerusalén edificado por Salomón representaba para los israelitas, ya fueran del norte o del sur, un verdadero polo de atracción, y por lo tanto un real peligro para la autoridad de los reyes de Israel.







El reino de Israel

Arrastrando tras de sí a diez de las tribus de Israel, Jeroboam pasó a ser el soberano de un reino mucho más importante que el del sur, reagrupado alrededor de Jerusalén. En adelante, el reino del norte será designado en los textos de diversas maneras:
• Reino de Israel o simplemente Israel porque agrupaba los territorios de Palestina central, que guardaban celosamente el recuerdo de su patriarca Jacob-Israel.
• Efraím, debido a la importancia de esa tribu.
• Reino de Samaria o Samaria por el nombre de la capital que pronto le daría el rey Omri.
Siquem, Tirsa, Samaria
Torreones de la puerta de Samaria (reino de Acab)

En un comienzo Jeroboam conservó a Siquem como capital de su reino, pero ya en los primeros años de su reinado el peligro egipcio lo obligó a abandonar la antigua ciudad en donde por primera vez Abrahán había levantado un altar a Yavé (Gén 12,7). El faraón Sesonq, después de haberse apoderado de varias plazas fuertes del reino de Judá, le había impuesto a Roboam un pesado tributo; sus tropas atravesaban ahora las tierras de Israel; Jeroboam, entonces, cruzó el Jordán y se puso a resguardo detrás del río, instalándose en Penuel. Pasado el peligro, volvió a la Cisjordania, pero no regresó a Siquem, sino que escogió a Tirsa como su capital en la montaña de Efraím.
Un golpe de estado y el incendio del palacio real llevaron a un nuevo cambio de capital: Omri… reinó doce años, seis de ellos en Tirsa. Luego compró a Semer el cerro de Samaria por dos talentos de plata. Construyó sobre el cerro (1Re 16,8). La elección de Omri era calculada: Tirsa, construida sobre el brote de uno de los torrentes que descienden del macizo central al Jordán, no tenía más salida que hacia los territorios seminómadas de Transjordania: había que salir de su aislamiento y apuntar a otros horizontes.
Más poderoso y más rico que el reino de Judá, Israel habría podido tener una mejor suerte; pero a pesar de algunos grandes monarcas como Omri, Ajab, y en los últimos decenios, Jeroboam II, las intrigas y los numerosos golpes de estado (nueve en poco más de dos siglos) hicieron imposible una política coherente. Fuera de eso el reino de Israel debió repeler en varias oportunidades los ataques de los arameos de Damasco que representaban una amenaza terrible a su frontera noreste.
Los libros de la Biblia, escritos o revisados totalmente en el reino rival de Judá, son muy parciales cuando hablan de los reyes de Israel. No traicionan sin embargo la verdad cuando muestran la influencia preponderante de la cultura cananea y de los cultos locales con los Baales y las Astartés aunque dan la impresión de mirar en menos a sus hermanos separados, los israelitas del norte. A pesar de todo atribuyeron un lugar destacado a las tradiciones y a los documentos que se referían a los dos profetas excepcionales que hubo en ese país: Elías y Eliseo.








Los dos Reinos








Las últimas horas
Ruinas de los almacenes de Samaria, destruidos con ocasión de la invasión de Teglat-Falasar III.

Al final, el despertar de Asiria acarreó la ruina del reino de Israel. Con Asurbanipal II el armamento había hecho progresos considerables, se poseían maquinarias capaces de conquistar las ciudades mejor fortificadas, la caballería había reemplazado a los carros, y los destacamentos de arqueros y de lanceros constituían la fuerza de la infantería. Pecaj, que reinaba entonces en el reino del norte fue lo bastante inconsciente como para armar con Damasco una coalición contra Teglat-falazar: eso le costó la mitad de su reino. Oseas, algunos años más tarde, cometió el mismo error. El asirio Salmanasar V lo hizo arrestar, invadió todo el país y sitió Samaria. En el noveno año de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, desterró a los israelitas a Asur (2Re 17,5). El año 721 el reino de Israel había dejado de existir, su territorio pasó a constituir en adelante cuatro provincias asirias: Meguido, Dor, Galaad y Samaria.








El reino de Judá

Cuando Roboam regresó a Jerusalén, huyendo de las tribus rebeldes, se encontró a la cabeza de un reino muy amputado, que iba a seguir su propio camino, ya como aliado o ya como enemigo de su vecino del norte, Israel. A diferencia de este último, no cambió nunca su capital, conservando la ciudad que David le había dado. Ese reino aparecerá en el texto con los nombres de Reino de Judá o Judá, y a veces Jerusalén, designando en esos casos la capital a todo el reino.
Judá, el reino de la promesa
Igual que cualquier linaje real, el de David tendrá sus grandes soberanos y sus monarcas lastimosos, vivirá horas de gloria y momentos de miseria y humillación, pero a diferencia de cualquier otro llevará consigo una promesa divina que perdurará a través de los siglos y que hallará su coronación en el reinado universal de Jesús. Por medio del profeta Natán, Dios se había comprometido con la familia de David, y Dios es fiel a sus promesas: la estabilidad dinástica fue la primera señal de ello. Una prueba fehaciente de esa fidelidad tuvo lugar con motivo del golpe de estado contra la reina Atalía (841-835).
Hija de Ajab, rey de Israel, de origen fenicio por su madre Jezabel, Atalía pensó que había masacrado a todos los descendientes del rey, pero el más joven se salvó (2Re 11,1). Cuando el principito tuvo siete años, el sumo sacerdote organizó un complot. El niño fue coronado y la abuela ejecutada: la dinastía de David recuperaba sus derechos.









Judá en los arcanos de la política internacional
Torres y fortificaciones de ARAD reconstruidas después de la campaña del faraón Chechonk


La promesa de Dios no impidió que Jerusalén conociera todos los vaivenes de la historia. De regreso en Jerusalén, luego del cisma de Siquem, Roboam preparó una expedición contra las tribus del norte con el fin de ponerlas de nuevo bajo su autoridad, pero el profeta Semaya lo hizo entrar en razón: el rey renunció a su proyecto. Poco después los egipcios, encabezados por el faraón Sesonq I (950-929) emprendieron una campaña contra Judá durante la cual el Templo y el palacio real fueron despojados de sus riquezas; así quedó al descubierto la fragilidad del reino. Cuando, dos siglos más tarde, los reyes de Samaria y de Damasco quisieron comprometer a Jerusalén en una coalición contra Asiria (734), Ajaz, que reinaba entonces en Judá, siguiendo los sabios consejos del profeta Isaías, se negó; suerte para él, se libró del problema pagando un fuerte tributo, pero los aliados perdieron sus reinos.








La gran crisis de fines del 2º milenio (1100-883)











Ezequías
La «puerta de tenazas» de LAQUISH. Fue en esa fortaleza donde Senaquerib instaló su cuartel general

Pero le llegó su hora a Asiria: mientras por un lado las amenazas exteriores cada vez más numerosas mantenían en jaque a los ejércitos de Nínive, por otro, las crisis de palacio hacían tambalear el poder con cada cambio de rey. Los reinos sometidos y reducidos a provincias del imperio asirio se aprovecharon de esa coyuntura para sacudir el yugo de la opresión: los más activos en la rebelión fueron evidentemente Egipto y Babilonia. Ezequías creyó oportuno aliarse a los rebeldes, contando sobre todo con el apoyo del faraón; pero le fue mal. Senaquerib, rey de Asur, invadió Judá, sitió todas las ciudades fortificadas y se apoderó de todas ellas… Ezequías, pues, le entregó todo el dinero que se hallaban en la Casa de Yavé y en los tesoros de la casa real (2Re 18,13).
Senaquerib (705-681) volvió de nuevo con la intención, al parecer, de acabar con Jerusalén; el rey, aconsejado por el profeta Isaías, se negó a rendirse y, Dios, respondiendo a su plegaria, intervino milagrosamente. Teniendo que acudir a sofocar la rebelión de Egipto, Senaquerib levantó precipitadamente el sitio de la Ciudad Santa. Pero ya no iba a volver más al reino de Judá; diez años más tarde, sus dos hijos lo degollaron en Nínive en el templo de su dios Nisrok.
Los profetas
La historia del reino de Judá no habría tenido una tal significación si los cuatro siglos de su historia, desde el rey David hacia el año 1000 hasta el Exilio el año 587, no hubiesen sido el tiempo de los profetas, o al menos, de los más grandes de ellos. Y fueron los libros proféticos de la Biblia los que nos guardaron lo más significativo de esa historia. Aun cuando su testimonio y sus llamados no lograron detener la lenta pero inevitable decadencia del pequeño reino de Jerusalén, hicieron de la alianza sellada en el Sinaí y de las promesas de Dios una fuerza espiritual definitivamente enraizada en el pueblo de Israel. Sin ellos no podrían comprenderse los continuos regresos de Israel a la Alianza que Dios le había a la vez ofrecido e impuesto.
Las primeras manifestaciones de esa llama que permaneció viva en los peores momentos fueron la gran Pascua de Ezequías y la reforma de Josías. Luego, será la hazaña extraordinaria de la vuelta del Exilio. Por último será el apostolado entre los paganos, que preparó la evangelización del mundo. Pero aquí nada mejor que leer los libros sagrados.
La gran Pascua
El Domo de la Roca se erige desde fines del siglo VII de nuestra era en donde estaba emplazado el Templo de Jerusalén

Era el tiempo, antes o después del año 700, en que el profeta Isaías pronunciaba sus oráculos y no vacilaba en intervenir directamente en la política real. Aun cuando pueda parecer que los profetas hablaban a menudo sin ser escuchados, éstos y sus cofradías ejercían una poderosa influencia. El segundo libro de las Crónicas atribuye al rey Ezequías una obra de reforma muy importante en el plano religioso. Y la manifestación más importante de esa renovación fue la gran Pascua que celebró en Jerusalén hacia el año 700. El pueblo de Judá, a sabiendas de los desastres que habían llevado a la ruina al reino de Samaria, comprendió que era necesario volver a sus orígenes. Muchos sacerdotes del reino del norte se habían refugiado en Jerusalén y tomaron parte en ese esfuerzo que trataba de regular toda la vida del pueblo conforme a la ley de Moisés, adaptada a las circunstancias de esa época. Fue entonces, probablemente, cuando comenzó a ser redactado el Deuteronomio, cuyo descubrimiento ochenta años después sería el origen de la Reforma de Josías.
Pero ese despertar religioso no duró más que algunos años. Luego vino el muy largo reinado de Manasés, quien sólo quiso seguir la pendiente más fácil. La preponderancia de Asiria se dejó sentir hasta en los asuntos religiosos y una vez más las religiones importadas suplantaron el culto de Yavé hasta en su mismo templo. Después de él vino su hijo Amón, quien siguió sus pasos y acabó siendo asesinado por los militares. Pero entonces, igual que en los días de Atalía, los elementos más sanos del “pueblo del país”, es decir, los burgueses de Jerusalén, pusieron en jaque a los conjurados y sentaron en el trono a un hijo del difunto, un niño llamado Josías.
La reforma de Josías
Después de la muerte de los reyes perseguidores, los fieles despertaron lentamente. A lo mejor habían olvidado o escondido los libros sagrados. Un acontecimiento fortuito contribuyó a estimular este despertar aún tímido: fue el descubrimiento en un rincón del Templo del Libro de la Ley, que era, en realidad, la primera edición del Deuteronomio. En el libro de los Reyes se lee el relato de este acontecimiento que iba a ser decisivo. Era el año 622.
Aprovechándose de la decadencia del imperio asirio, Josías emprende la reconquista del territorio de Israel que había pasado a ser una provincia asiria hacía ya cien años. Allí destruyó los santuarios provinciales más o menos sospechosos de sincretismo y derribó los ídolos. Josías reforzó la preponderancia del clero de Jerusalén. Antes, todos los levitas participaban del sacerdocio, pero en adelante solamente los levitas de Jerusalén serían considerados como descendientes de Aarón y sacerdotes como él. Los otros, que fueron reinsertados después de la eliminación de los santuarios de provincias, serían simplemente levitas, al servicio del Templo.


La muerte del justo y la vuelta de los reyes impíos
Puerta fortificada de Meguido (época real)

Josías, el santo rey de la reforma, murió víctima de un error político. Desde hacía mucho tiempo Israel hacía de tapón entre Egipto y Asiria. Cuando Babilonia comenzó a amenazar seriamente el poderío asirio, el Faraón, preocupado por el dinamismo de esa nueva “gran potencia” quiso ir en auxilio de la Asiria debilitada, olvidándose de su hostilidad de ayer. Josías no quiso que realizara su plan porque sólo aguardaba la ruina definitiva de Asiria para llevar a cabo su proyecto de reunificar el antiguo reino de David. No veía con buenos ojos una intervención de Egipto como árbitro de los conflictos del Cercano Oriente. El encuentro entre Necao II y Josías tuvo lugar en Meguido, donde Josías fue herido de muerte (2Re 23,29). Corría el año 609.
¿Cómo había Dios podido permitir que muriera Josías, el santo rey que había llevado a cabo tales reformas? Ese escándalo marcó profundamente la reflexión judía posterior y también el anuncio del Evangelio.
Muerto Josías, el reino no tuvo más orientación. Su hijo Joacaz sólo subió al trono para ser encadenado por el faraón quien lo reemplazó por uno de sus hermanos, Joaquim.

La ruina del reino de Judá
Debido a su demora en Judea, el auxilio del Faraón le llegó al asirio demasiado tarde. Asur Ubalit, el último soberano de Asiria, se había replegado no lejos de Carquemís para juntar los restos de su reino; cuando, un día del año 605, el faraón se presentó ante la ciudad, fue barrido por los hombres del joven Nabucodonosor, que acababa de reemplazar a su padre Nabopolasar en el trono de Babilonia. A pesar de esa humillante derrota, ni los príncipes de Egipto ni los reyezuelos que acababan de pasar del yugo de Nínive al de Babilonia aceptaban que el prestigioso país del Nilo hubiese perdido su gloria pasada. En Jerusalén el partido pro-egipcio se impone en la familia real y entre los jefes del ejército, y los más prudentes, como Jeremías, son sospechosos de complicidad con los caldeos.
El inevitable drama se consumó diez años después. Cuando el faraón Samético II subió al trono (593) se atrajo a los pequeños estados que soportaban mal el yugo de Babilonia: Judá, sometido ya a un pesado tributo, formó parte de los conjurados.
Dispersos entre las naciones
Ante la inminencia del peligro caldeo, muchos optaron por abandonar el país e irse a Egipto, reforzando así un movimiento de diáspora que había comenzado con la invasión del reino del norte por los asirios a fines del siglo octavo. Estos sucumbieron rápidamente a la tentación de asimilación y de sincretismo; un buen ejemplo de ello fue la comunidad de Elefantina en el Alto Egipto. Según los manuscritos encontrados en la isla, se trataba de una colonia militar puesta allí por los faraones para defender la frontera sur del imperio. Desechando las prescripciones del Deuteronomio que hacían del Templo de Jerusalén el único lugar de culto de Israel, esos judíos refugiados en Egipto edificaron un templo donde veneraban además de Yavé a otras divinidades como Eschem-Betel, Herem-Betel, o Anat-Betel. Pero eso nos les impidió seguir celebrando las grandes fiestas tradicionales de Israel. Desarraigados de su pueblo, desprovistos de un verdadero apoyo para su fe, esos colonos fueron absorbidos por el paganismo que los rodeaba y sus huellas desaparecen en los primeros años del cuarto siglo a.C.












El Imperio asirio (883-631 a.C.)











La cautividad y el regreso

Toma e incendio de Jerusalén
Casas de Jerusalén destruidas con ocasión del sitio ejecutado por Nabucodonosor en 587-586.

Las intrigas de los príncipes de Jerusalén sólo contribuyeron a atraer dos veces en diez años a los ejércitos caldeos: en 596 y en 587. La segunda vez la ciudad fue tomada, sus palacios arrasados y el Templo incendiado.
Los babilonios prosiguieron con la política asiria con respecto a los países vencidos: se trasladaban la flor y nata a otras provincias y se las reemplazaba por extranjeros para así hacer imposible una revuelta. Junto con las clases dirigentes fueron deportados los artesanos metalúrgicos. Las incesantes campañas de los reyes de Babilonia para mantener a raya a Egipto, someter a los fenicios de Tiro, controlar el corredor siriopalestino, contener a los Medos y los Persas en la meseta iraní, y castigar cualquier intento de rebelión, precisaban de un armamento renovado continuamente, en cuya fabricación participaban los artesanos deportados. De ahí que la población campesina y el pueblo de las ciudades quedaran sin estructuras y desorientados. La eliminación de las elites judías le permitió a la fracción cananea del país levantar cabeza.
Babilonia la Grande
Retomando el proyecto de su padre Nabopolasar, Nabucodonosor quiso hacer de Babilonia la reina de las ciudades. El desarrollo económico fruto de una mejor administración y el aporte de las riquezas expoliadas dotaron a Nabucodonosor de los recursos necesarios. Trajeron cedros del Líbano para el nuevo palacio real; se prosiguió con el arreglo y la decoración de la vía sagrada; los templos restaurados fueron adornados con ladrillos barnizados y su mobiliario enriquecido con oro y piedras preciosas; una de las siete maravillas del mundo registradas por Estrabón, los famosos jardines colgantes, fueron diseñados y ejecutados por amor a la reina. Todos los talentos fueron movilizados para gloria de Babilonia, y muchos de los hijos de Israel aportaron sin duda, de buen o mal talante, su concurso a esa gigantesca empresa.
Muchos de ellos habían emigrado al extranjero antes del Exilio. Se quedaron en los países a donde habían llegado: Egipto o Persia. Otros que habían sido desterrados, lograron ayudándose entre sí salir de su situación miserable: algunos llegaron a ocupar los puestos más importantes de la administración real, mientras que otros, como la familia de los Egibi, contribuyeron al desarrollo del sistema bancario desde el reinado de Nabónida. Los libros atribuidos ficticiamente a Daniel, Tobías y a Ester, aunque escritos algunos siglos más tarde, no nos engañan cuando describen esa ascensión.











Una prueba y un desafío
El cautiverio debió durar oficialmente alrededor de cincuenta y seis años. Fue un tiempo privilegiado para la maduración de la fe de Israel. Entre los deportados en Babilonia se encontraba el profeta Ezequiel, quien anunció que los cautivos convertidos por la prueba volverían al país y reconstruirían la nación en la justicia. Una carta dirigida por Jeremías a los judíos desterrados en Caldea indica tanto la duración de la prueba como la salida que Dios le iba a dar.
Así habla Yavé, Dios de Israel, a todos los judíos que ha desterrado de Jerusalén a Babilonia:
“Edifiquen casas y habítenlas; planten árboles y coman sus frutos; cásense y tengan hijos e hijas. Casen a sus hijos y a sus hijas para que se multipliquen y no disminuyan. Preocúpense por la prosperidad del país donde los he desterrado y rueguen por él a Yavé; porque la prosperidad de este país será la de ustedes.” (Jer 29,4-9).








La comunidad judía se organiza
El rollo de la Torá que contiene los cinco primeros libros del Antiguo Testamento.

Al revés de los que habían sido deportados por los asirios después de la caída de Samaria, en 721, o de los que se habían refugiado en Egipto ante la amenaza caldea, los israelitas que habían sido llevados a Babilonia supieron conservar y profundizar su patrimonio espiritual y su originalidad en medio de las naciones paganas; varias razones se pueden esgrimir para explicar esa fidelidad.
Hoy día parece evidente que cuando partieron a Babilonia, ya habían sido redactados una parte de la Torá y los oráculos proféticos; los exiliados no se fueron pues con las manos vacías y los escritos que llevaban les sirvieron para estructurar su fe. Por otra parte, quienes encabezaban a los desterrados eran la flor y nata del país; más instruidos, mejor preparados para organizarse. Esos judíos, privados del templo y su culto, supieron cerrar filas en torno a la Ley y los escritos proféticos, dando así inicio a un movimiento que iba a expandirse después del regreso, cuando la sinagoga pasara a ser la célula básica de la sociedad judía. Por último, los animaba una profunda convicción: ¿no eran ellos acaso el pequeño Resto que había sobrevivido al desastre y al que Dios confiaba ahora la responsabilidad de mantener contra viento y marea la esperanza de Israel?
La salvación viene de los persas
Bajorelieve que representa a soldados del ejército persa (PERSEPOLIS).


El rey Nabónida, hijo de Nabudoconosor, se dejó llevar por sus caprichos de coleccionista, llegando hasta saquear los templos malquistándose así con su propio pueblo. Tuvo sin embargo la suficiente lucidez para captar el peligro que representaba a sus espaldas el imperio de los medos. No dudó pues en favorecer la rebelión de Ciro, rey de los Persas y vasallo de los medos. Al cabo de varios años de rebelión (556-550), el joven príncipe venció a Astiages, rey de los medos. Preocupado por su éxito, Creso rey de Lidia, célebre por su fabulosa riqueza, cometió el error de atacar a Ciro. Sufrió una gran derrota y tuvo que entregar su reino al persa. Con algunas nuevas victorias al este de su reino, Ciro tuvo en su mano el Asia Menor y la totalidad de la meseta iraní. Los judíos desterrados en Babilonia percibieron en esos trastornos políticos una señal anticipada de su liberación: el fin del imperio babilonio estaba próximo.
Uno de los generales de Ciro venció a los ejércitos de Nabónida el año 539 (el rey mismo pereció en la batalla) y el nuevo amo del Cercano Oriente hizo su entrada victoriosa en Babilonia, siendo aclamado por el clero de Marduk y los babilonios que habían soportado hasta entonces el yugo del vencido.

Ciro adopta una nueva política
Ciro se negó a continuar con la política asiria y babilonia de desplazamientos de población: comprendía que para mantener la paz en su vasto imperio, era importante respetar la lengua, la religión y las tradiciones de los pueblos vencidos. Los textos oficiales fueron a partir de entonces trilingües y una de las lenguas era la de los habitantes de la provincia; para los antiguos reinos de Siria-Palestina, el arameo fue rápidamente oficializado por la administración, lo que le valió una atención completamente nueva: se definieron las formas gramaticales y la ortografía y así pasó a ser lo que después debía llamarse “el arameo del Imperio”.




Ciro ordena la reconstrucción del templo
Muro de contención de la terraza del Templo. Las piedras al extremo derecho son de la época persa.



En el terreno religioso, la política de Ciro fue diametralmente opuesta a la de los babilonios, cuyas destrucciones de templos y profanaciones habían despertado la cólera de los pueblos sometidos. Ya en el primer año de su reinado, el Gran Rey ordenó, por el edicto de Ecbatana, la reconstrucción del templo de Jerusalén (Esd 6,3).








En tiempos de los persas y de los macedonios.

El retorno y sus desilusiones
Los que regresaban de Babilonia dirigidos por Zorobabel, veían en este regreso a la tierra Prometida los primeros signos del cumplimiento de las palabras de los Profetas que habían anunciado el castigo de la deportación, pero también el juicio final de las naciones, instrumento de la cólera divina:
Así se ha expresado Yavé:
Por tu enorme culpa,
por tus numerosos pecados te he hecho esto.
Sin embargo, todos los que te devoran serán devorados,
todos tus opresores irán al destierro,
todos tus saqueadores serán saqueados,
y los que te desprecian pasarán a ser despreciados. (Jer 30,12…16)
¿Por fin, habría llegado el tiempo de la restauración de Israel y de la conversión de todas las naciones de la tierra al Dios de Israel ? Sin embargo, he aquí que los hechos parecían desmentir todas las expectativas.
La reconstrucción del templo
Sesbasar había regresado con los repatriados, llevando los objetos de culto que habían sido robados antes por Nabucodonosor; también quiso reconstruir la Santa Morada (Esd 3,7). En ese momento los “habitantes del país”, aquellos que no habían conocido el exilio, se ofrecieron para cooperar con los repatriados. Pero éstos se negaron, manifestando claramente que se consideraban como los únicos herederos de las promesas divinas y de la tierra de Israel (Esd 4,1).
Los “habitantes del país”
Esa gente del país se había constituido a lo largo del tiempo a partir de las poblaciones vencidas por los asirios y babilonios, y que habían sido deportadas a Palestina. Seguramente comprendía una buena parte de la población judía que se había quedado en el país en el momento del destierro y se había mezclado con los recién llegados.
Entonces los espíritus y los corazones se cierran. Por todos los medios los “habitantes del país” tratan de poner obstáculos a la reconstrucción de un templo que, junto con ser signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, también es el instrumento de una política sectaria. Durante muchos años las quejas ante las autoridades persas y las interminables discusiones con los judíos retardaron los trabajos; sin embargo, bajo el impulso de los profetas Ageo y Zacarías, se reanudaron los trabajos y el Templo fue consagrado el 1º de abril de 515.

No por eso terminaron las dificultades. Éste fue el comienzo de relaciones cada vez más violentas entre los judíos que habían vuelto del exilio y los que pasarán a ser los “samaritanos”. En esos años un tránsfuga de la familia del sumo sacerdote de Jerusalén se establece en Samaria y levanta en el monte sagrado de aquella ciudad, el Garizim, un templo rival del de Jerusalén (Jn 4,20) del que será el sumo sacerdote.
El templo y los sacerdotes
En la cumbre rocosa del Garizim, algunos vestigios del templo de la época persa.

Los judíos que habían vuelto de la cautividad siguiendo el edicto de Ciro se encontraron con que su tierra formaba ahora parte del imperio persa. La única autoridad existente era la del Gran Rey y desde ningún punto de vista era posible recuperar su identidad y su originalidad alrededor de algún poder político independiente. Desde entonces el templo pasó a ser mucho más que un símbolo de restauración; se convirtió en el centro y el corazón de la vida judía, y los sacerdotes que aseguraban y garantizaban el culto del Dios Unico comenzaron a ocupar un lugar prominente en la nación. El primer sacerdote del templo pasó a ser el personaje principal de la Comunidad y tomó el título de Sumo Sacerdote, mientras que el ritual del templo, la celebración de las fiestas y el estricto respeto por el calendario litúrgico constituían el marco fundamental que iba a preservar la originalidad de Israel en medio de las provincias del imperio. Fue entonces, con toda probabilidad, cuando el Libro del Levítico obtuvo su redacción definitiva, mientras que los Salmos, que estaban en el corazón de la liturgia de Israel, se hallaban agrupados, quizás a semejanza de los cinco libros de la Ley (Pentateuco), en cinco libros.

La oración de los Salmos
Los poemas y los cánticos religiosos no son una originalidad del pueblo de Israel, y las literaturas contemporáneas del Antiguo Testamento nos han dejado numerosos ejemplos de ellos tanto en Egipto como en Canaán e incluso Mesopotamia. No se puede dudar que desde la época de Salomón el salmo haya tenido un lugar privilegiado en la liturgia del templo, y la tradición quería que haya sido el mismo rey David quien fijó las reglas. Sin embargo, el trabajo que se realizaba en esos momentos bajo el impulso de los sacerdotes alrededor del templo reconstruido, iba a dar un nuevo desarrollo a esa forma de poesía. Es probable que los levitas encargados del canto y de la sinfonía, “hijos de Asaf” o “hijos de Yedutún”, tuvieron que ver mucho en su composición o en su selección. Con el tiempo, las recopilaciones se fueron llenando de oraciones personales o de lamentaciones colectivas, que se referían a tal o cual acontecimiento del pasado o a las pruebas por las que había pasado la comunidad de Jerusalén; los salmos alimentaban la fe y la piedad de Israel y tenían un lugar de privilegio en el ritual cotidiano del templo y en las celebraciones de las grandes fiestas anuales.











Nehemías levanta las murallas de Jerusalén
Jerusalén : vestigios de las fortificaciones levantadas después del regreso desde la cautividad


La reconstrucción del templo no se habría podido hacer sin la ayuda de los judíos que ocupaban en Babilonia altos puestos en la administración imperial; pero concluida esta primera obra, quedaba todavía mucho por hacer: la comunidad de los repatriados vivía en una gran decadencia. El peso de las dificultades cotidianas, la hostilidad de los “habitantes del país” hacia esa gente que había llegado recientemente y que parecía querer acaparar los puestos de mando en Judea, y a lo mejor también el sentimiento de sentirse abandonados por los que habían preferido quedarse en Babilonia, todo eso extinguió la llama que Ageo y Zacarías habían encendido: el libro de Malaquías es un buen ejemplo de la desidia general que se instaló en el país.
Ante este descalabro, Nehemías, copero en la corte de Artajerjes I, se pone en camino. Llegando a Jerusalén, decide reconstruir las murallas de la Ciudad Santa a pesar de las risas burlonas de sus opositores. El trabajo se efectúa en cincuenta y dos días, pero la recuperación moral es otro problema. Nehemías, como jefe, da el ejemplo de desinterés en el ejercicio de sus responsabilidades; exhorta a los ricos a condonar las deudas que contrajeron los pobres con ellos y a devolver lo que habían tomado en prenda, y por último amenaza severamente a los que contravengan esas sugerencias.

Persia cuenta con Esdras
La obra de Nehemías fue continuada en la generación siguiente por un sacerdote de nombre Esdras, que también había llegado de Babilonia. Su misión había sido respaldada por un decreto del rey: “Irás como delegado del rey y de sus siete consejeros para cuidar de que se observe en Judá y Jerusalén la Ley de Dios que está en tus manos… Cualquiera que no cumpla puntualmente la Ley de tu Dios y la Ley del rey será castigado severamente con muerte, expulsión, multa o cárcel” (Esd 7,6).
Las dificultades con que se topaba entonces Persia explican la extrema benevolencia del poder central para con aquella pobre provincia; pero la rebelión del sátrapa de Transeufratania (la provincia al oeste del Éufrates que incluía a la Palestina) por una parte y las incesantes tentativas de rebelión de Egipto por otra, exigían que se pudiese contar sin reserva con la fidelidad de la Judea, situada entre esos dos focos de insurrección.
La solemne lectura de la Ley
Seguro del apoyo real, Esdras trató de reorganizar la vida de la Comunidad alrededor de la Ley de Yavé. Entonces tiene lugar la gran celebración que se lee en Nehemías 8. Para restablecer la pureza del “pueblo de Dios” en medio de un mosaico de pueblos transplantados venidos de los más diversos horizontes del Cercano Oriente y apegados, cada cual, a sus propias costumbres religiosas, se puso en vigor la antigua legislación mediante la cual los responsables del pueblo habían protegido anteriormente a Israel de la contaminación de los cananeos: No te emparentarás con esas naciones dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos (Dt 7,3-4). Con las invasiones y la cautividad se había dejado de lado esa prescripción, y los matrimonios con extranjeros habían pasado a ser una cosa corriente; esa negligencia alcanzaba a todas las clases sociales. Esdras establece que la familia será necesariamente judía (Esd 9,1—10,5).
El caso de las extranjeras
Para restablecer la pureza del “pueblo de Dios” en medio de un mosaico de pueblos transplantados venidos de los más diversos horizontes del Cercano Oriente y apegados, cada cual, a sus propias costumbres religiosas, se puso en vigor la antigua legislación mediante la cual los responsables del pueblo habían protegido anteriormente a Israel de la contaminación de los cananeos: No te emparentarás con esas naciones dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos (Dt 7,3-4).
Con las invasiones y la cautividad se había dejado de lado esa prescripción, y los matrimonios con extranjeros habían pasado a ser una cosa corriente; esa negligencia alcanzaba a todas las clases sociales. Esdras establece que la familia será necesariamente judía (Esd 9,1—10,5).
El libro de Rut
Esta intrensigencia de la Ley no impedía, sin embargo, los contactos diarios con los extranjeros: los diferentes intercambios de poblaciones que habían acompañado las grandes invasiones habían hecho de la Palestina una verdadero mosaico de pueblos. Por supuesto, el tiempo del Cautividad no había favorecido la estima de los extranjeros en los que regresaban por fin a la tierra de sus antepasados después de tantos años de servidumbre. Las dificultades encontradas con los “habitantes del país” durante la reconstrucción del templo habían exacerbado las reacciones hostiles; pero con el tiempo, el rencor desaparecía poco a poco y la estima reemplazaba el desprecio. Un eco de ello se encuentra en el libro de Rut escrito en dicha época.
Los Doctores de la Ley
Lectura de la Torá, con ocasión de una Bar-Mitzva

Nehemías y Esdras desempeñaron un papel decisivo en la comunidad de los repatriados de Babilonia. Hicieron de Jerusalén y de sus alrededores, en donde se habían reagrupado, un estado sacerdotal centrado en el Templo. Lo que pasó a ser poco a poco por el trabajo de los escribas la Tora de los judíos, nuestro Pentateuco, se impuso como ley.

Las nuevas circunstancias nacidas de las conmociones políticas y sociales de hacía más de un siglo exigían adaptación o modificación de las leyes, pero siempre con el debido respeto a la tradición mosaica: Israel era el pueblo que Dios se había escogido entre todos, un pueblo del cual Yavé era el Dios “único y celoso”. Al lado de los sacerdotes que regentaban el templo, los escribas, especialistas en la Ley, pasaron a ocupar un puesto cada vez más importante: solamente la estricta observancia de las mil y una prescripciones religiosas podía poner a Israel, que había regresado a su tierra, a resguardo de los castigos divinos.
De ese modo la comunidad de Jerusalén, aunque sometida a la autoridad persa, se había ido enriqueciendo de instituciones y de una legislación que hacían de ella el centro y el faro de Israel; instituciones y legislación que debían asegurar la cohesión de un pueblo expandido, debido a las vicisitudes de la historia, en los cuatro rincones del imperio persa y a veces más allá de sus fronteras. Por eso, cuando Alejandro unos diez años después, trastornó el mapa geopolítico del Cercano Oriente, las cosas no cambiaron sustancialmente para los judíos, al menos en un primer momento.















Los comienzos de la helenización



Sin embargo se preparaba una crisis que iba a socavar los mismos fundamentos de la conciencia religiosa: la invasión progresiva del helenismo o, en otras palabras, de la cultura griega injertada sobre la cultura local. En el siglo que sigue a la misión de Nehemías, la cultura griega había entrado con el mundo del comercio; buena parte de las grandes familias judías se habían puesto al servicio de los príncipes, y sin renegar de la fe yavista, habían perdido en parte la conciencia de su identidad como pueblo de Dios. Se habían dejado asimilar pura y simplemente por el mundo de los negocios, bien con los soberanos egipcios, bien con los grupos árabes de Palestina, o bien con los Nabateos, paladines del tráfico internacional. Una de estas familias, la de “Tobías”, se había opuesto firmemente a Nehemías, y se había emparentado con los grandes sacerdotes. Dos siglos más tarde, en el tiempo de los Macabeos, estas grandes familias, siempre ligadas al sacerdocio, estarán al lado del opresor, dispuestas a liquidar la fe y las prácticas, alardeando de progresistas frente a los tradicionalistas.
La Macedonia hace noticia
Grecia no había olvidado las dos invasiones persas producidas bajo los reinos de Dario en 490, y de Xerxés diez años más tarde. El siglo que acababa de terminar había modificado el equilibrio entre las diferentes tendencias. Filipo II, rey de Macedonia, se había impuesto a las demás provincias; los instrumentos de guerra para sitiar y la eficacia de la Falange garantizaban la superioridad del ejército macedonio, las minas de oro del monte Pangée aseguraban el financiamiento de las operaciones militares. En 337 se decidió combatir a Persia. Pero ese año Filipo II fue asesinado y los confederados se rebelaron contre su hijo Alejandro: ¿Cómo hubieran podido aceptar plegarse a la autoridad de un joven príncipe que acababa de cumplir sus veinte años? La respuesta fue inmediata: el “joven” demostró a las viejas ciudades de Atenas, Tebas y del Peloponeso de lo que era capaz.
Las campañas de Alejandro
Alejando Magno en la batalla de Isos contra Darío III Codomán



Fue en el 334 cuando Alejandro, hijo de Filipo II rey de Macedonia, pasó los Dardanelos (334) con un ejército de 30.000 hombres de infantería y 5.000 de caballería y se encontró con los sátrapas de Asia Menor coaligados para impedirle el paso. La victoria quedó en sus manos. Aplastó de nuevo al ejército de Darío III Codomán en Issos, se apoderó de Tiro al cabo de un sitio de siete meses y llegó hasta Egipto donde se hizo reconocer como el legítimo heredero de los Faraones e hijo del dios Zeus-Amón. Durante el camino, había dejado a uno de sus generales, Parmenión, encargado de ocupar Palestina; únicamente Samaria, residencia del sátrapa gobernador de la provincia, opuso una verdadera resistencia.





La victoria y la muerte
Siempre en persecución de Darío, el conquistador atravesó las llanuras del Éufrates y del Tigris. Entró victorioso en Babilonia, ascendió las pendientes de la meseta iraní… Su cabalgata iba a conducirlo a las fuentes del Indo. Cansados de tantas campañas, los hombres de Alejandro lo obligaron a retornar a las llanuras de Mesopotamia. Mientras comenzaba a organizar ese imperio y trataba de realizar la simbiosis de macedonios y persas, la fiebre lo derribó en Babilonia: era el 323, y el príncipe no había todavía celebrado su trigésimo tercer cumpleaños.

El imperio desgarrado
Apenas muerto Alejandro, sus amigos de infancia y compañeros de armas se repartieron el imperio y comenzaron a desgarrarse entre sí. Cuando al final se restableció la paz, tres dinastías se repartían el antiguo imperio de Alejandro: los Antigónidas se quedaron con Macedonia, los Seléucidas se encontraban al frente de un imperio que iba desde el Asia Menor a la Mesopotamia; Egipto, Palestina y Fenicia formaban el reino de los Lágidas.


La comunidad de Jerusalén dependía pues de la autoridad egipcia. Se entiende entonces que la colonia judía de Alejandría, primitivamente formada por judíos que habían huido de la invasión caldea, haya aumentado con numerosos elementos nuevos atraídos por la prosperidad económica de una ciudad promovida al rango de capital real. Muchos de esos judíos habían perdido el uso del hebreo y habían adoptado la lengua de Alejandro que se había impuesto poco a poco después del paso del conquistador. Por esos días se comenzó a traducir al griego el texto de la Ley, y luego otros textos del Antiguo Testamento. El resultado de ese trabajo considerable realizado por los escribas alejandrinos pasó a la posteridad con el nombre de la traducción de los Setenta. Esa versión en la lengua corriente de aquel tiempo ponía en evidencia una nueva realidad: los judíos de la Diáspora se abrían a la cultura helenística y adquirían cada vez más peso en el judaísmo.















Seléucidas y romanos
Pérgamo – Altar de Zeus, en la acrópolis.

Por ese entonces, en Siria, Antíoco III inauguraba una política agresiva después de haberse aliado con Filipo V de Macedonia,. Los países amenazados pidieron el apoyo de Roma y fueron inmediatamente atendidos. Tito Quinctio llevó a cabo una expedición contra Filipo V y lo venció en Cinoscéfalos (197). Los seléucidas no habían sido tocados directamente: Antíoco III se había permitido aún quitarles Palestina a los Lágidas (o Tolomeos) en el 198. Al comienzo, el nuevo amo se mostró tolerante con la comunidad judía y le concedió incluso algunos privilegios.
La tregua que les concedió Roma a los seléucidas fue de corta duración; dos derrotas sucesivas, en las Termópilas en 191 y en Magnesio al año siguiente, obligaron a Antíoco III a firmar la humillante paz de Apameo. Le fueron quitadas sus posesiones de Asia Menor y entregadas a Rodas y Pérgamo, aliados de Roma. Roma entraba pues en el Medio Oriente; luego de haber reducido el poderío seléucida, iba a organizar en su beneficio toda el Asia Menor.






Antíoco IV Epífanes
Antíoco III murió dejando el trono a su hijo, Seleuco IV Filopator. El nuevo rey reinó una docena de años al cabo de los cuales fue asesinado. Su hermano Antíoco se hizo entronizar bajo el nombre de Antíoco IV Epífanes. A las divisiones internas se agregaba la presencia cada vez más pesada de Roma: por el tratado de Apamea, los seléucidas habían perdido la parte occidental de su imperio, y si bien se habían anexado Palestina, tenían que tomar en cuenta a Egipto, al que apoyaban los romanos.




El sacrilegio


En 168 Antíoco se dirigió hacia Egipto y triunfó sin problemas de Tolomeo VI Filometor. Pero inmediatamente un emisario del Senado romano le dio un ultimatum: tenía que abandonar Egipto. Como Antíoco volvía a sus tierras y le faltaba el dinero para pagar sus tropas, recurrió a un método conocido: como todos los templos poseían un tesoro, metió sus manos en el del templo de Jerusalén. La cólera de los judíos no tardó en manifestarse. Antíoco respondió con una violenta persecución contra todos los que seguían apegados a la Ley: profanó el Lugar Santo, prohibió el culto israelita, sustituyéndolo por el de Zeus Olimpo, y despachó a sus soldados a los campos para imponer sus decretos. Fue entonces cuando se formó un grupo de resistencia en torno al sacerdote Matatías y pronto la rebelión tomó el aspecto de una guerra de independencia.






Los asmoneos. Helenismo y judaísmo

La provincia judía estaba dividida frente a las presiones extranjeras. La implantación de las colonias macedonias, y la fundación de los reinos helenísticos (es decir, herederos de Alejandro y de cultura helénica o griega) no dejaron de tener su influencia en las comunidades de la Diáspora (es decir, de las comunidades judías dispersas entre las demás naciones). Dispersos en el Cercano Oriente, los judíos descubrieron una cultura que no dejaba de seducirlos. En Palestina, los Tolomeos habían multiplicado las creaciones de ciudades según el modelo griego. Hasta en Jerusalén, el sumo sacerdote Jasón daba pruebas de su admiración por el helenismo, (2Ma 4,9), favoreciendo instituciones que repugnaban a la conciencia judía. Un foso cada vez más profundo separaba a los que rechazaban cualquier evolución, queriendo mantenerse fieles a las tradiciones ancestrales, y los que, atraídos por el modernismo, corrían el peligro de renunciar a todo el patrimonio de Israel.
Los sumos sacerdotes divididos
La querella había alcanzado a las grandes familias sacerdotales. Esas rivalidades llevaron al poder político a inmiscuirse en la atribución del soberano pontificado. Antíoco, cuya situación financiera era difícil, pasó pronto de su papel de árbitro al de rector y fue así como comenzó el cambio de los sumos sacerdotes. Onías, que tenía fama de piedad y de fidelidad a la Ley, estaba en el cargo, cuando un cierto Jasón que quería el puesto lo desacreditó ante el rey, al que propuso una buena suma de dinero. El rey depuso a Onías y lo sustituyó por Jasón; tres años más tarde se presentó Menelao, quien ofreció más y obtuvo el cargo. Tales prácticas sólo podían acarrear el descrédito de Antíoco y de los partidarios de los griegos.
Judas Macabeo (166-160)
Entonces tuvo lugar la rebelión del sacerdote Matatías. Organizó una expedición con sus primeros partidarios para destruir los altares paganos y circuncidar por la fuerza a todos los niños incircuncisos (1Ma 2,45). Algunos meses después murió (166). Le sucedió su hijo Judas, el Macabeo. Sus hermanos y todos los que habían seguido a su padre le ofrecieron su apoyo y continuaron con entusiasmo la guerra (1Ma 3,1). Antíoco no tomó en serio ese levantamiento; después de una primera victoria de los insurgentes, el gobernador Lisias, que tenía a su cargo el reino en ausencia del rey, despachó a Gorgías con un ejército mucho más importante; fue una nueva derrota. Lisias se decidió entonces a asumir la dirección de las operaciones, pero la derrota de sus tropas lo obligó también a huir a Antioquía.



La resistencia toma auge
Probablemente bajo el actual Domo de la Roca se encontraba el altar de los holocaustos.

Estos éxitos inesperados reforzaron la confianza de los judíos y llevaron a Judas a los que por miedo se habían mantenido al margen del conflicto. Era para todos evidente que Dios manifestaba de nuevo su protección para con su pueblo. Ya que el enemigo había sido rechazado lejos de Jerusalén, era el momento de recuperar el Templo: la purificación del Lugar Santo profanado hacía ya tres años por los griegos era el principal objetivo del proyecto de Judas. La consagración del nuevo altar y del santuario se celebró el 25 del noveno mes (1Ma 4,54). La fiesta de Janukka iba a conmemorar en los siglos posteriores esa Dedicación del Templo que tuvo lugar el año 164 a.C.
El santuario purificado, era necesario ir a socorrer a los hermanos más alejados y más aislados, pues las victorias de Judas habían exacerbado el odio de los “griegos” contra los judíos. Judas y su hermano Jonatán se dirigieron a Galaad para llevar allí represalias sangrientas y repatriar a Jerusalén a las comunidades amenazadas; Simón, un tercer hijo de Matatías llegó hasta Galilea para una misión semejante.
Mientras tanto había muerto Antíoco IV, dejando un hijo de tan solo ocho años. Lisias, que entre tanto se había proclamado regente del reino, decidió asestar un golpe definitivo. Judas y los suyos fueron derrotados y Jerusalén quedó en una muy mala situación. Afortunadamente las disensiones entre Lisias y Filipo, a quien Antíoco IV en su lecho de muerte había confiado el reino, salvaron a la Ciudad Santa.
Lisias entonces propuso a su rey que firmara la paz con Judas para tener las manos libres de ese lado y se llegó a un acuerdo. Es muy probable que ese año haya sido publicado el libro de Daniel, obra de uno de los maestros de la Ley que habían sufrido la persecución. Los acontecimientos más recientes y el fin de la persecución eran para él nada más que el preludio de una justicia de Dios que iba a dejarse caer sobre el perseguidor y poner a su pueblo por encima de todas las naciones.
Nada sin embargo se había arreglado de manera definitiva. Las hostilidades se reiniciaron a la brevedad. Judas tuvo aún tiempo de firmar un pacto de alianza con Roma, pero sus días estaban contados: murió en un desigual combate en el año 160 a.C.
Jonatán (160-143)
Las intrigas de palacio y los asesinatos llevaron al trono al hijo de Seleucos IV quien reinó con el nombre de Demetrio I Soter; con él los partidarios de los “griegos” acorralaron al partido de la resistencia. Fue entonces cuando Jonatán aceptó asumir el la sucesión de Judas (1Ma 9,23).












El doble juego
Tolemais, Acco en la Biblia, y San Juan de Acre para los cruzados – La ciudad vista desde la bahía de Haifa.

En Antioquía se alzó un rival frente a Demetrio, Alejandro Balas, quien se hacía pasar por hijo de Antíoco Epífanes. Demetrio trató de ganarse a Jonatán por toda clase de promesas: en adelante tendría derecho a formar un ejércitos. Confiado en esas autorizaciones, Jonatán se instaló en Jerusalén y se puso a reconstruir la ciudad (1Ma 10,10).
Inmediatamente Alejandro (Balas) hizo una contraoferta: le confirió a Jonatán el cargo de sumo sacerdote y el codiciado título de “amigo del rey”. Jonatán aceptó esas prerrogativas de manos del usurpador: en 153, con ocasión de la fiesta de las Tiendas, hizo su entrada solemne en el Templo, revestido con los ornamentos de sumo sacerdote.
Demetrio quiso ofrecerle más aún, pero Jonatán no le hizo caso. Un tiempo después moría ese rey en un combate con Alejandro Balas; este último murió a su vez en 145 y Demetrio II, hijo de Demetrio, reinó sin oposición. En Jerusalén Jonatán continuó con su doble juego entre los diferentes pretendientes al trono; terminó cayendo víctima de una celada en Tolemaida y fue ejecutado poco después (143).

Los asmoneos. El nacimiento de una dinastía

Simón, otro hijo de Matatías continuó la lucha contra los Seléucidas, expulsó definitivamente a la guarnición griega que ocupaba todavía la ciudadela de Jerusalén, y al apoderarse del territorio de Jope, consiguió una importante entrada al Mediterráneo; obtuvo de Antioquía la exención de todos los impuestos, y fue el primero en acuñar su propia moneda.
Simón recibió el título de Príncipe y Sumo Sacerdote de los Judíos por un decreto que emanaba de los judíos y los sacerdotes, datado en 140. De ese modo, la comunidad judía recuperó bajo la autoridad de Simón una total autonomía tanto en el plano religioso como en el político.
La familia de Matatías estaba pues instalada a la cabeza de la comunidad de Jerusalén o más exactamente del estado de Israel; porque ya se trataba de un estado, y en esa familia el poder iba a transmitirse de manera hereditaria, como ya se vio a la muerte de Simón; sus descendientes pasaron a la historia con el nombre de Asmoneos.
Las gusano en el fruto
Si debemos creer 1•Macabeos, mientras vivió Simón la Judea tuvo paz: Los habitantes cultivaban en paz sus campos… todos conversaban sobre el bienestar… Israel experimentó tiempos felices (1Ma 14,4).
Tal elogio del gobierno de Simón quisiera hacernos olvidar que muchos judíos veían con malos ojos que el poder militar, político y religioso estuviera todo reunido en las manos de un soberano extraño a la dinastía de David como a la de Sadoc.






Los primeras disensiones

Hassidim, herederos de la corriente de los fariseos, orando en el santuario del Muro.

En efecto Simón, como su hermano Jonatán, era sacerdote, pero no era del linaje de Sadoc, el único habilitado por una tradición ancestral a dar un sumo sacerdote a Israel: por eso pasaba a los ojos de los elementos más religiosos de la comunidad, los Hassidim , por un sumo sacerdote ilegítimo. A eso se agregaba su condición de comandante en jefe que lo hacía contraer numerosas impurezas rituales incompatibles con la dignidad sacerdotal. Las ambiciones políticas y el declive moral de la dinastía real bajo los siguientes reinados hicieron el resto: esos Hassidim se distanciaron desde entonces cada vez más del poder político y formaron el movimiento fariseo (los separados ).
Por las mismas razones, un cierto número de laicos y sacerdotes se alejaron del templo de Jerusalén y se instalaron a orillas del Mar Muerto para llevar allí una vida de fidelidad total a la Ley de la Alianza, dando así origen a la Comunidad de la Alianza, más conocida con el nombre de Comunidad de Qumrán.


Juan Hircano (134-104)
Aquí se ven fragmentos de las murallas de Samaria. La de la izquierda fue destruida por Juan Hircano.


Habiendo sido asesinado Simón por su yerno, y con él dos de sus hijos, el tercero, Juan, logró escapar a los asesinos (1Mac 16,21) y el sistema dinástico funcionó: Juan subió al trono bajo el nombre de Juan Hircano I.
En 138, un nuevo soberano, Antíoco VII Evergetes, subió al trono de Siria. A pesar de los tratados y garantías firmados por sus predecesores, invadió Judea y puso sitio a Jerusalén donde se había refugiado Hircano. Como Antíoco no estaba en condiciones de apoderarse de la ciudad, se llegó a un acuerdo. Poco después, Antíoco moría en una expedición contra los partos (128) y Juan Hircano pudo continuar con la política de conquistas.
El hijo de Simón se volvió primero a la Transjordania en donde se apoderó de varias ciudades; atravesando de nuevo el Jordán, aniquiló a Siquem; el templo de Garizim fue arrasado y el país puesto a la fuerza en el camino de la observancia de la Ley. La oposición sin embargo continuó, por lo que Samaria, la capital de la región, fue devastada en 107. Durante ese tiempo, al sur de Palestina, la Idumea, fue también conquistado y sus habitantes obligados a circuncidarse. Juan Hircano se apoderó también de Jamnia, Azotos, y sus alrededores, ensanchando así su ventana al Mediterráneo. La ayuda de Roma le permitió mantener conquistas e independencia.
Entre Fariseos y Saduceos
Juan Hircano, que tenía simpatías marcadas por el helenismo, encontró sus mejores aliados en los Saduceos.
Los Saduceos , que deben probablemente su nombre a Sadoc, el sumo sacerdote que consagró a Salomón, habían manifestado su inclinación por el helenismo antes de la rebelión macabea. Paradójicamente se mostraban conservadores en materia religiosa, para ellos lo único que valía era la Ley; rechazaban pues la tradición oral al contrario de los fariseos que le atribuían una importancia igual a la de la Torá. Por eso, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos, que les parecía una novedad, mientras que los fariseos adherían a ella en nombre de la tradición oral. Este tradicionalismo de los saduceos no les impedía demostrar una real apertura en los demás campos: se mostraban realistas tanto en los asuntos políticos como en el plano cultural.
Puesto que el cargo de sumo sacerdote había sido asumido por el soberano, la aristocracia sacerdotal se veía obligada a entrar en componendas con el poder político que se apoyaba cada vez más para la administración del país en notables abiertos al helenismo.










Aristóbulo el Terrible (104-103)
Las grutas del acantilado de Arbel sirvieron de refugio a los combatientes de esa guerra de Galilea.

A la muerte de su padre, Aristóbulo, el mayor de sus hijos, tomó oficialmente el título de rey; hizo encarcelar a su madre, ordenando que la dejaran morir de hambre. Tres de sus hermanos fueron también encarcelados. El menor, Antígono, no tardó en ser asesinado. Aunque su reinado duró sólo dos años, Aristóbulo tuvo tiempo para conquistar Galilea. A su muerte, el año 103, la viuda, Salomé Alejandra, libera a los tres hermanos prisioneros e instala al mayor, con quien se casa, en el trono. Desde el comienzo el nuevo rey hace alarde de sus simpatías por la cultura griega helenizando su nombre; en adelante será Alejandro Janneo.
Alejandro Janneo (103-76)
Alejandro continuó con la política expansionista de sus antecesores. Se apoderó del Carmelo y de la llanura de Sarón, y en el sur, de Gaza y los territorios que se extienden hasta Egipto (96). El mismo año, se apoderó de Gadara y Amathonte, en Transjordania. Como luego sufriera una derrota ante al rey de los Nabateos, un complot se armó contra él; en estas circunstancias, un levantamiento nacional salvó a la dinastía y los descontentos fueron exterminados. En 83, Alejandro termina la conquista de la Transjordania con la toma de Gerasa, Pella y Dión. En todas las ciudades reconquistadas, Alejandro impuso por la fuerza el judaísmo.
En conflicto con los Fariseos
Alejandro Janneo impuso su autoridad por el terror y redujo al silencio cualquier oposición mediante represalias de una tal crueldad que los éxitos militares con los que devolvió a Israel sus fronteras del tiempo de Salomón, no las hicieron olvidar por sus contemporáneos. Así fue como mandó masacrar a 6.000 fariseos para vengar la afrenta de que fue objeto en una celebración de la fiesta de las Tiendas mientras oficiaba como sumo sacerdote en el Templo. Poco después mandó crucificar a 800 de sus opositores, haciendo degollar a la vista de los ajusticiados a sus mujeres e hijos, mientras se banqueteaba junto con sus concubinas y cortesanos al pie de las cruces.
Alejandra (76-67)
Al morir Alejandro Janneo, su viuda, Salomé Alejandra, ejerció el poder según él mismo lo había decidido. Pero como ella no podía ser “el” sumo sacerdote, confió ese cargo al mayor de sus hijos, Juan Hircano II. Durante los nueve años que reinó su reinado, Alejandra condujo con habilidad los asuntos del reino.
Con el apoyo de la reina los fariseos habían entrado en el gran Consejo del Sanedrín, que hasta entonces estaba sólo abierto a los Ancianos y a la aristocracia sacerdotal (los saduceos). Su acceso al poder se realizó a costa de los saduceos. Un grupo de descontentos encontró un líder en la persona de Aristóbulo II, el hermano del sumo sacerdote. Se puso al frente de la oposición al gobierno de su madre, impugnando la creciente influencia de los fariseos en los asuntos del país. Salomé Alejandra supo todavía evitar lo peor, pero cuando murió en 67 las diferencias llevaron a la guerra civil.










Los hermanos enemigos
El teatro de Petra, capital de los Nabateos

Como Juan Hircano era el mayor, le correspondía por derecho el trono, pero Aristóbulo, su hermano, tenía mucho más personalidad. El mismo día en que su madre caía víctima de la enfermedad que la llevaría a la muerte, se había apoderado de veintidós plazas fuertes del reino, asegurándose así el dominio de las operaciones. Se impuso pues poco a poco en esta guerra civil. Obligado a capitular, Juan Hircano tuvo que traspasar la corona a su hermano y contentarse con el cargo de sumo sacerdote.
Pero fue entonces cuando cierto Antipater, padre del futuro rey Herodes Magno, se puso de parte de Juan Hircano; como conocía el poco ingenio de ese príncipe, vio allí la oportunidad de satisfacer sus propias ambiciones. Conocía bien la Nabatea; convino pues con el rey Aretas de Nabatea que entregaría a éste las ciudades que le habían sido arrebatadas por Alejandro Janneo a cambio de la ayuda armada que aportaría a Juan Hircano. Aristóbulo debió replegarse a Jerusalén donde se encerró, asediado por las tropas de Aretas y de Hircano.


El imperio romano

Desde hacía algunos años el imperio romano en plena expansión había puesto su pie en el Medio Oriente. Pero en ese momento, en Roma, se manifestaban rivalidades de poder que iban a llevar a la República a su fin (88-82).
De nuevo el Oriente amenazaba a Roma: los bárbaros tracios se infiltraban en Macedonia; en las fronteras de Bitinia, Mitrídates se agitaba nuevamente con ayuda de su yerno, el rey de Armenia; por último los piratas instalados en la costa sur del Asia Menor interceptaban los navíos cargados de trigo de Egipto para el aprovisionamiento de la capital. Pompeyo, un general ambicioso, era el más indicado para hacer frente a ese triple peligro, pero reclamaba el alto mando de la marina y de las tropas de tierra hasta 70 kms. al interior de la costa. Al fin tuvieron que ceder a sus exigencias y Pompeyo partió con 500 navíos y con 20 legiones bajo su mando.
Pompeyo en Oriente
Fuente que adorna la puerta monumental del Agora de SIDE, una de las madrigueras de los piratas.

En menos de tres meses Pompeyo acabó con las correrías de los piratas y destruyó sus ciudades de refugio; reorganizó luego esa región de la cual hizo la provincia de Cilicia (67). Luego venció a Mitrídates y transformó su reino en provincia romana del Ponto. El imperio seléucida en decadencia era una presa fácil para los partos; si lograban adueñarse del corredor sirio-palestino, esos enemigos tradicionales de Roma tendrían una puerta abierta al Mediterráneo y cortarían la ruta terrestre que unía el Egipto con las provincias romanas de Asia Menor.
Pompeyo, pues, se dirigió a Siria y la convirtió en una provincia romana. Prosiguió luego su camino a Jerusalén: Antipater, Hircano II y Aretas de Nabatea por un lado, y Aristóbulo por otro, llegaron a pedirle su arbitraje. Como Pompeyo tardase en pronunciarse, Aristóbulo se le adelantó y se apoderó de Jerusalén, en donde se encerró. Inmediatamente Pompeyo ordenó a Aretas que regresara a su Nabatea, luego marchó a Jerusalén donde estaban atrincherados Aristóbulo y sus hombres. Al cabo de tres meses de sitio se apoderó de la ciudad; eso fue una carnicería. Pompeyo se paseó por el templo como un turista y hasta se permitió entrar en el Santo de los Santos. Al igual que, en los días de Nabucodonosor, la destrucción del santuario había sido vista como el castigo por las infidelidades de Israel, esta vez también los hombres piadosos de Jerusalén pensaron en un castigo divino que sancionaba el comportamiento escandaloso de los sumos sacerdotes asmoneos.












Una redistribución de las cartas
Columnata del foro elíptico de Gerasa (actualmente Jerash)

Pompeyo reorganizó la región: confirmó a Hircano en su cargo de sumo sacerdote, pero limitó su autoridad a Judea, Galilea, y Perea en la Transjordania. Le quitó las ciudades de la llanura costera que fueron puestas en adelante bajo la autoridad directa del poder provincial, le concedió la autonomía jurídica a Samaria , y reunió en una misma confederación a las ciudades de Abila, Kanata, Hipos, Gadara, Dión, Pella, Amatonte, Gerasa, Filadelfia y Escitópolis (la única situada en Cisjordania): esa confederación de diez ciudades libres tomó el nombre de Decápolis (Mc 5,20). Pompeyo regresó a Roma el año 61, precedido por Aristóbulo y sus dos hijos a los que había enviado como rehenes.
Cuatro años más tarde, Gabinio, procurador de Siria, dividió los territorios confiados a Hircano en cinco distritos que puso bajo la autoridad directa de la provincia. Seforis fue entonces erigida como la ciudad principal del distrito de Galilea.

Entre Pompeyo y César, Antonio y Octavio
De regreso del Oriente en Roma, Pompeyo celebró su triunfo con un esplendor nunca visto. Fue entonces cuando César regresó de España. Como los conflictos no cesaban y la ciudad estaba al borde de una guerra civil, los dos hombres se aliaron a Creso, un hombre muy rico, para formar el primer triunvirato y salvar así a la República. Mientras Pompeyo restablecía el orden en la capital, César fue llamado a Galia; permaneció allí ocho años. Cuando regresó a Roma, el triunvirato saltó hecho pedazos y la guerra civil se reinició, esta vez entre él y Pompeyo. Este último trató de buscar refugio en Oriente donde tenía sus partidarios. Hircano y su fiel Antipater se mantuvieron de su parte, pero al día siguiente de la batalla de Farsalia (48), cuando Pompeyo vencido huyó a Egipto donde por último fue asesinado, supieron cambiarse de campo y entregaron su apoyo a César en su campaña de Egipto.
César se mostró reconocido; le concedió importantes privilegios a la comunidad judía, dio a Hircano el título de etnarca y aliado de los romanos, y nombró a Antipater procurador de Judea. Este dejó el gobierno a su hijo Fasael, mientras que a su otro hijo, el futuro Herodes Magno se le confió Galilea.












Un nuevo cambio de frente
Petra: desfiladero del Siq


El asesinato de César el año 44 cambió la coyuntura. En un primer momento Antonio y Octavio se unieron para quitarle el Oriente a los asesinos de César.
Luego de la batalla de Filipos en donde Antonio y Octavio habían sido victoriosos se habían repartido el mundo romano: Octavio tomó Italia y España; Antonio recibió toda Galia y se adjudicó el Oriente. Pero entonces los Partos invadieron la provincia de Siria (40); Antígono, hijo de Aristóbulo II, abrazó su causa, pues quería vengar a su padre y tomarse su revancha de Hircano II. Los partos hicieron prisionero a Hircano y se lo entregaron a Antígono quien le cortó las orejas; la mutilación le hizo perder su cargo de su sumo sacerdote (Lev 21,21) Antígono se lo atribuyó y lo conservó hasta el año 37.
Ante la invasión parta, Herodes buscó refugio en Roma. Pronto se ganó allí la estima de Antonio y de Octavio, y maniobró con tal habilidad que fue nombrado por el senado rey de los judíos; pero por ese entonces tal reino estaba en manos de los partos. Con el apoyo de Antonio, Herodes logró reconquistar su reino. Pero, mientras tanto, Octavio y Antonio se habían convertido en enemigos. La derrota de Antonio y de Cleaopatra en la batalla de Actium (31) dejó a Octavio dueño de la situación.
Deseoso de restablecer el orden y la paz, Octavio aceptó la sumisión de los partidarios de Antonio que volvieron donde él: Herodes fue uno de ellos y en una escena grandilocuente fue a pedir perdón públicamente, tirando al suelo una corona que, según él, ya no era digno de llevar. Al final regresó coronado por el mismo Octavio. Herodes recibió además Jericó y las ciudades de la llanura costera, que Antonio había cedido a la reina de Egipto.
Roma: hacia el poder absoluto
Escalera del Templo de Augusto en Samaria

La sociedad romana estaba cansada de la crisis política y social que la minaba y la mayoría aguardaba que surgiera por fin el hombre que pusiera término al caos. Octavio no descuidó nada para asumir tal responsabilidad; pero avanzó con pasos felinos, casi haciéndose de rogar para aceptar honores y poderes que se le conferían.

En el 43 Octavio es proclamado Imperator por sus legiones después de su victoria sobre Antonio; el 29 es proclamado Salvador del estado ; el 28 se le concede el título de Princeps senatus lo que le otorga el derecho de ser el primero en tomar la palabra en el Senado; el 16 de enero del 27 un decreto le confiere el título de Augusto (es decir, Divino ), que llevará en adelante como apellido.
Octavio se siente predestinado: es sobrino del Divino Julio (Julio César) y su madre, según algunos, desciende de la diosa Venus por el lado de su padre. Está, pues, capacitado para recibir dignidades sacerdotales y es elegido Pontifex Maximus el 12 a.C.
La reforma de Augusto
Antes que efectuar nuevas conquistas Augusto prefirió fortalecer las fronteras y pacificar las provincias. En el marco de una amplia reforma, retiró de la autoridad del Senado a las provincias difíciles de gobernar o de anexión más reciente; éstas serían gobernadas por un legado que dependería del emperador. Ese sería un día el caso de Siria-Judea. El legado era asistido por un procurador para los asuntos financieros y fiscales.
Además de las provincias, Roma controla “reinos aliados”, en los cuales el emperador pone y depone a los reyes según su talante y se reserva el derecho de intervenir cuando los intereses o la seguridad del imperio lo requieren. El reino de Herodes Magno goza de este último status.











Herodes magno

Herodes no pertenecía a la dinastía asmonea. Para remediar esa falla tomó su segunda esposa de ese linaje real; era Mariamne, nieta tanto de Hircano como de Aristóbulo. Como no pertenecía a la descendencia de Aarón, no podía pretender el soberano pontificado. Confió pues ese cargo a un tal Ananel, pero luego se lo quitó y se lo entregó a su joven cuñado Aristóbulo III.
Un personaje complejo
Vista de las tres torres de la fortaleza al Noroeste de Jerusalén

Víctima de celos enfermizos, Herodes diezmó la descendencia asmonea; a un año tan sólo de haber nombrado al sumo sacerdote, lo hizo ahogar en la piscina del palacio de Jericó; seis años después eliminó a su esposa Mariamne y su suegra Alejandra, era el año 29. Cuando ya estaba viejo, mandó matar a los dos hijos que había tenido con Mariamne, y poco antes de su muerte suprimió además a otro hijo que había tenido de su primera esposa Doris.

A pesar de los crímenes en serie y los comprometimientos de toda clase, el reino de Herodes tuvo una cierta grandeza. Supo apartar a los Partos y a los Arabes, pacificó Judea después de los disturbios que habían ensangrentado el país. Su obra arquitectural imprime la huella del personaje. Traduce su apetito de poder y de dominación, su locura de grandezas, su angustia enfermiza de morir asesinado a su vez, lo llevaron a la locura.
El modelo grecorromano
El Herodión - La fortaleza vista desde la piscina del palacio inferior.

A diferencia de los Asmoneos el rey Herodes no obligó a circuncidarse a la importante población no judía de su reino. Sus preferencias iban más bien a la cultura helenística a la que admiraba y a cuyos representantes más eminentes acogía con gusto.
Esa admiración le inspiró todo un programa de construcciones que sorprenden aún hoy por su grandeza y por su calidad. En menos de treinta años hizo surgir de las dunas a Cesarea marítima, su puerto y su ciudad principesca; reconstruyó Samaria a la que dio el nombre de Sebasta (en honor a Augusto) y reforzó la ciudadela de Jerusalén; renovó totalmente el edificio y las dependencias del Templo, en cuyo lado norte implantó la fortaleza Antonia; construyó o restauró seis fortalezas cerca del Mar Muerto (entre las cuales hay que mencionar el Herodium, Massada y el Maqueronte) sin contar los palacios de Jericó y muchos otros edificios tanto dentro como fuera de su reino.
Esas obras le suscitaron la estima de la población griega del reino, pero escandalizaban a los judíos piadosos. Al igual que en tiempos de Antíoco IV, esos teatros, gimnasios, hipódromos y otros edificios públicos, eran, a sus ojos, otros tantos trampolines para el ascenso de un paganismo al que hacían cada vez más patente los diversos templos construidos aquí y acullá por Herodes.
En este reino de Herodes Magno se ubica, dos años antes más o menos de su muerte, un acontecimiento del cual no habló ningún medio publicitario de la época, tan insignificante era a los ojos de los hombres: en un humilde pueblecito de Judea, María dio a luz al que había concebido del Espíritu Santo, Jesús, Hijo de Dios, Salvador. Así se cumplía plenamente la promesa hecha a Abrahán, recordada por los Profetas y conservada por los humildes de Israel a lo largo de una historia a la vez rica y dramática.
En menos de diez años, Augusto había hecho pasar el mundo romano de la república al imperio. Toda la cuenca del Mediterráneo y numerosos territorios más alejados de sus costas se encontraban desde entonces sometidos a la autoridad de Roma: la Palestina no escapó a este destino.
La comunidad judía había visto sus privilegios en materia religiosa confirmados por César: Roma garantizaba a los judíos la libertad de culto en el Templo de Jerusalén; de igual modo extendía esa tolerancia a la liturgia sinagogal para toda la diáspora. Pero se había acentuado la separación entre los judíos que, como los fariseos y esenios, sólo reclamaban la libertad de culto - lo que Roma les había concedido - y los que no cesaban de reivindicar igualmente la independencia política.
La herencia repartida
Poco antes de su muerte, Herodes dividió su reino entre los dos hijos de Maltaqué y Filipo, nacido de una quinta esposa. En cuanto murió, Arquelao, hijo de Maltaqué, se creyó en posesión de la corona antes incluso de que el testamento de su padre fuese ratificado por Roma; por eso mismo desencadenó una reacción de increíble violencia. Palestina se vio sumida en la confusión más espantosa y presa de bandas rivales.
Ya que todo dependía de la buena voluntad de Augusto, los presuntos herederos se embarcaron, cada uno por su lado, para ir a pleitear su causa en Roma. Pero los judíos piadosos, entre los cuales los fariseos ejercían una gran influencia, no querían ya más esa dinastía real con una conducta tan escandalosa; anhelaban reponer un estado sacerdotal bajo la autoridad de un sumo sacerdote digno de ese nombre; esos judíos se embarcaron también para hacerse oír de Augusto, después de haber solicitado el apoyo de la importante colonia judía de Roma.
La repartición y sus consecuencias
Privado de repente de sus autoridades políticas y de sus sabios, el país experimentó tales perturbaciones que Quintilio Varo, legado de Siria tuvo que intervenir con las tropas de Antioquía. La represión exacerbó los ánimos de la población judía en contra de los Romanos y fue entonces cuando el ala dura del partido de los fariseos, los Zelotes, eligió el camino de la violencia.
Los tres hermanos regresaron; Augusto ratificó las disposiciones del padre, pero con algún descuento. Le negó a Arquelao el título de rey, sólo sería etnarca de Judea, de Samaria y de Idumea; Herodes Antipas pasaba a ser tetrarca de Galilea y Perea; y Filipo, tetrarca de Gaulanítides, de Batanea y de Traconítides, territorios situados al este del Jordán.
Judea sometida a los procuradores
Escarpe rocoso sobre el que se levantaba la muralla sur de la fortaleza Antonia


Digno heredero de su padre, Arquelao gobernó con tanta brutalidad que se echó encima a una gran parte de la población. De nuevo acudieron a Roma para librarse del déspota; Augusto depuso a Arquelao que fue desterrado a Galia. Su territorio perdió el rango de reino aliado y fue anexado a la provincia de Siria, administrado sin embargo de manera autónoma por un prefecto puesto bajo el control del legado de provincia, que tenía su sede en Antioquía de Siria. El prefecto percibía los impuestos y comandaba las tropas auxiliares reclutadas en el lugar; sólo él tenía la facultad de mandar ejecutar las sentencias capitales, incluso las pronunciadas por el sanedrín. Porque el sanedrín continuaba administrando justicia según su derecho particular, y dirigiendo los asuntos religiosos; la única ingerencia de Roma en este terreno consistía en la nominación del sumo sacerdote por el prefecto. La comunidad de Jerusalén conservaba su libertad de culto bajo la vigilancia de la guarnición romana instalada en la fortaleza Antonia. Por un privilegio insigne, se hallaba exenta de participar en el culto imperial y de hacer el servicio militar.
Durante los años que siguieron a la deposición de Arquelao, la población judía de Judea tuvo motivos de más para quejarse del gobierno de Roma. Poncio Pilato en particular, que se hizo cargo de Judea del 26 al 36, dio muchos ejemplos de brutalidad y de menosprecio. Igualmente brutal con los samaritanos, fue llamado a Roma para dar cuentas de su gestión y no reapareció más; parece que se suicidó… o lo invitaron a hacerlo.










Filipo
Gruta y nichos sagrados del dios Pan en Cesarea de Filipo

El tetrarca Filipo (que no debe confundirse con el Filipo, o Herodes-Filipo de Mt 14,3 y Mc 6,7: véase el párrafo siguiente) construyó en el curso superior del Jordán una ciudad a la que dio el nombre de Cesarea (es la Cesarea de Filipo), y otra en Gaulanítides a la que llamó Tiberíades, así como tercera en Perea, a la que nominó Julíada; así honraba simultáneamente a Tiberio y a Julia, hija de Augusto, con la que se había casado Tiberio. El mismo se casó con Salomé, hija de Herodíades, y dejó el recuerdo de un reinado apacible. Murió sin herederos el 34, y su tetrarcado fue anexado a la provincia de Siria.
Aunque, durante el período real varios de esos territorios estuvieron sometidos a Salomón y luego a los reyes de Samaria, la mayoría de sus habitantes eran paganos. Seguían pues de lejos los acontecimientos de Palestina.


Herodes Antipas
El tetrarca se instaló en un primer momento en Séforis, la capital de Galilea. El estado en que la represión de Varo había dejado a la ciudad, después de la rebelión que siguió a la muerte de Herodes Magno, lo movió a darse una nueva capital. Mandó edificar en la ribera occidental del lago un palacio en cuyo derredor iba a construirse Tiberíades, nombre elegido en homenaje al nuevo emperador.
Todo parecía augurarle a Antipas un reinado sin historia. Pero tenía un medio hermano, Herodes-Filipo, que se había casado con su prima Herodíades. Prudente en esos tiempos difíciles, ese Filipo permanecía al margen de la vida política. Pero la mujer, ambiciosa intrigante, no aceptaba vivir con un hombre sin ambiciones. Actuó pues tan bien que Antipas, que también era su primo, repudió a su mujer para casarse con ella. La princesa desposeída era hija del rey Aretas de Nabatea; furioso, el suegro se puso en campaña e infligió a su yerno una derrota que se habría transformado en catástrofe sin la intervención de Vitelio, legado de Siria (36).
La nueva reina, descontenta de ver a Herodes sólo como tetrarca, quería para él la corona real. Intrigó por eso ante el emperador Calígula (37-41), pero el romano tenía reservado ese honor para un amigo más querido, Herodes Agripa I; irritado Calígula, depuso a Antipas (39) y lo mandó desterrado junto con Herodíades.
Agripa
El emperador Calígula había ya manifestado sus favores a Herodes Agripa, nieto de Herodes Magno y de Mariamne, nombrándolo rey de la antigua tetrarquía de Filipo (37). El 39, agregó a su reino la tetrarquía de Galilea quitada a Antipas, y cuando el 41 Claudio sucedió a Calígula que acababa de ser asesinado, Agripa recibió además del nuevo emperador el antiguo territorio de Arquelao, es decir, Judea, Samaria e Idumea. Durante su breve reinado, próspero y sereno, supo aliar su gusto por el helenismo con el respeto por el judaísmo.
De ese modo el reino de Herodes Magno se había reunificado bajo la corona de uno d e sus nietos; pero sólo fue por un corto período. Cuando murió Agripa en el 44, Claudio puso como pretexto que su hijo era muy joven para quitarle el reino y ponerlo bajo la autoridad de los procuradores.
Crecimiento de la Iglesia
El libro de los Hechos de los apóstoles atribuye la dispersión de los cristianos en Judea y en Samaria a la persecución y al martirio de Esteban. La nueva persecución, que estalla más o menos diez años después y de la cual Santiago será la primera víctima, da un nuevo empuje al movimiento misionero de la Iglesia primitiva, la que descubre, a lo largo de la persecución, la originalidad y la riqueza de su fe en Jesucristo Hijo de Dios Salvador.

Durante esos años, Saulo, discípulo del gran rabino Gamaliel, descubre, a la luz del Resucitado que se le revela en el “camino de Damasco”, el sentido último de la vocación de Israel, la que expresa fuertemente en la carta a los Efesios: “En él fuimos elegidos; Aquél que actúa en todo según su libre voluntad había decidido en efecto ponernos aparte. Nosotros debíamos llevar esa espera del Mesías, para que de allí resultara al final la alabanza de su gloria” (Ef 1,11-12).
Desde entonces, Pablo lleva ese mensaje de salvación “hasta los confines de la tierra”. Sube a Antioquía de Siria, capital entonces de la provincia romana de Asia, una ciudad muy populosa – tenía alrededor de 500.000 habitantes –, una ciudad cosmopolita donde había surgido muy pronto una comunidad cristiana, en la que los creyentes de origen pagano eran más numerosos que los provenientes del judaísmo. La presencia de Bernabé, enviado por la iglesia de Jerusalén, confiere a la comunidad de Antioquía su autenticidad. Luego de pasar un año en Antioquía, Pablo junto con Bernabé parte rumbo a Chipre y de allí se dirige a Asia – es decir a Asia Menor con sus diversas provincias.
Pablo recorre el territorio de este a oeste en tres ocasiones, prolongando dos veces su viaje misionero hasta Grecia.
Todo eso se lleva a cabo entre los años 46 y 58, bajo los reinados de Claudio y de Nerón.
Detenido en Jerusalén, Pablo es conducido ante el procurador romano en Cesarea marítima, y después de haber apelado al emperador, en virtud de su calidad de ciudadano romano, llega a Roma, como prisionero, en el año 63.
A lo largo de esta larga ruta que lo conduce hasta Roma, Pablo evangeliza y funda comunidades cristianas con las cuales mantiene el contacto pastoral mediante notables escritos de fe, de rigor de pensamiento y de presencia en sus problemas cotidianos; estas son las “epístolas de Pablo”.
Conscientes de la importancia del testimonio de Jesús de Nazaret, que es el único que puede revelar al Padre de verdad, los responsables de la Iglesia van a fijar, probablemente por etapas, ese “testimonio”. Cuatro autores, de los cuales dos son apóstoles, Mateo y Juan, y dos discípulos, Marcos y Lucas, dejarán a la Iglesia cuatro evangelios que antes de fines del primer siglo serán reunidos junto con las cartas de Pablo y otros escritos apostólicos, entre los cuales el Apocalipsis, para constituir lo que más tarde se llamará el Nuevo Testamento.





















Las rebeliones judías


Los enfrentamientos entre una población que soportaba cada vez menos las actuaciones torpes o vejatorias de los representantes de Roma, y la administración imperial, condujeron a tres rebeliones judías en menos de setenta años, a represalias salvajes y a una dispersión sin precedentes de la comunidad judía.
La tensión aumenta: Vestigios de un muelle del puerto de Cesarea marítima.


Durante su corto reinado, Calígula había ordenado erigir su estatua en el templo de Jerusalén como represalia contra los judíos que habían destruido en Jamnia un altar levantado en su honor. El legado tuvo la sabiduría de diferir la ejecución de la orden imperial, mientras Agripa en Roma usaba todas sus relaciones para hacer revocar esa orden. Calígula fue asesinado en buen momento por el legado al que se le había intimado que se suicidara por insubordinación, y la paz pareció volver. Se prolongó bajo el gobierno de dos procuradores sucesivos. Pero bajo su sucesor Cumanus, dos veces la arrogancia de un soldado romano provocó motines, represión brutal y reclamos ante el gobernador que finalmente cedió a las instancias de los judíos.
Habiéndose producido un nuevo incidente entre samaritanos y judíos, esta vez Cumanus se negó a satisfacer las demandas de los últimos; dos instigadores arrastraron a las turbas judías a masacrar e incendiar las ciudades de Samaria. Cuando los samaritanos presentaron sus reclamos ante el legado de Siria, los envió a Roma donde la intercesión de Agripa ante Claudio, quien le tenía amistad, consiguió una vez más que se diera la razón a los judíos. Cumanus fue exiliado y reemplazado por Félix, conocido por su arbitrariedad y por notoria mala conducta. Por esos días murió Claudio, dejando el imperio a Nerón, el hijo que había tenido de Agripina.
Jerusalén había caído en manos de los facciosos: los asesinatos no terminaban y la represión de los procuradores exacerbaba más aún la agresividad de los zelotes. Estalló una revuelta en Cesarea, en la misma ciudad donde tenía su sede Félix. Su sucesor Festus – que es mencionado en He 25 a propósito del proceso de Pablo – se empeñó en acabar con bandidaje y violencia; pero con los procuradores corrompidos que le sucedieron, la situación no hizo más que empeorar.
La “Primera Rebelión”

Una gresca entre griegos y judíos cerca de la sinagoga prendió la mecha. El conflicto se extendió rápidamente a las ciudades y a Jerusalén; en noviembre del 66 el país soliviantado contaba con más de 50.000 combatientes. Cestius Gallus, legado de Siria, vino a retomar Cesarea. Pronto dio la impresión de que la calma había vuelto al norte del país; los romanos subieron entonces a Jerusalén a la que pusieron cerco. Mal informado, Cestius levantó el sitio, y los judíos se aprovecharon para lanzarse sobre el enemigo en retirada y hacerlo pedazos. El emperador Nerón reaccionó inmediatamente y despachó a Vespasiano, “ese guerrero infatigable” de que habla Tácito. Con la legión que comandaba personalmente, las dos legiones que su hijo Tito le trajo de Egipto y la que ya estaba en el lugar, disponía de 60.000 hombres.
Vespasiano sitió sucesivamente Jotapata, Tiberíades y Gamla; al final de la estación era dueño de Galilea. En la primavera siguiente, limpió las orillas del Jordán, y pudo dominar la mayor parte de Judea. Las legiones se instalaron en Emaús.
Vespasiano emperador
Pero mientras tanto, en Roma, Nerón se había echado todo el mundo encima; los generales se sublevaron y Nerón se suicidó para escapar al suplicio. Su muerte dio inicio a un desorden general y la vuelta a las guerras civiles. Finalmente las provincias del Oriente proclamaron a Vespasiano emperador. Antes de embarcarse le confió a su hijo Tito la misión de aplastar definitivamente la rebelión judía, pues los últimos trastornos habían dado a los insurgentes tiempo para rehacerse












La toma de Jerusalén
Vestigios de casas de Jerusalén incendiadas con ocasión de la toma de la ciudad por Tito

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Tito estableció su campamento en Guibea, a 5 kilómetros de Jerusalén. A pesar de que disponía de un formidable ejército, la ciudad era difícil de tomar y sus defensores estaban resueltos a todo. Pero la concordia no reinaba entre los insurgentes. Cansados del despotismo de Juan de Gischala que ocupaba Jerusalén desde el año 67, los habitantes acogieron con alegría a un nuevo jefe, Simón bar Giora. Juan y sus zelotes se refugiaron entonces en el patio del Templo. Se asaltaban y se mataban entre judíos; traiciones, incendios… Después del fracaso de un ataque por la fuerza, Tito pone sitio a la ciudad. A fines de mayo del 70, el muro noroeste que circundaba la ciudad cede; luego es conquistado el terreno hasta el segundo muro que también cede. La fortaleza Antonia es finalmente conquistada en julio y el 29 (era el mismo mes de Ab, en que Nabucodonosor se había apoderado de Jerusalén) el Templo es tomado por asalto e incendiado. En septiembre los últimos insurgentes, diezmados por el hambre, fueron arrojados fuera de la ciudad alta donde se habían reagrupado.
El fin de la rebelión


Los que escaparon a la muerte fueron a juntarse, en los mercados de esclavos, con sus compatriotas que habían caído prisioneros en los combates de Galilea y Judea. Algunos grupos de zelotes atrincherados en las antiguas fortalezas de Herodes prosiguieron una guerra de hostigamiento. Los romanos acabaron con esos núcleos de resistencia: el Herodión y Maqueronte cayeron primero, y al último Masada: era la primavera del 73.
El emperador Vespasiano convirtió a Palestina en una provincia imperial que tomó el nombre de Judea. Como el templo estaba en ruinas, el impuesto del Templo era pagado ahora al tesoro de Júpiter Capitolino, pero el judaísmo conservaba su status de religión reconocida.
Con la pérdida de la independencia y la destrucción del Templo, la composición del Sanedrín se transformó a favor de los Doctores de la Ley del partido de los fariseos que se reagruparon en Jamnia en torno a Yohanán ben Zakkai. Muy rápidamente el Sanedrín se impuso en Palestina y en la Diáspora como la autoridad religiosa del judaísmo: su presidente fue honrado con el título de “Príncipe”, Ha Nasi.
Agitación bajo Trajano
Se entiende que Vespasiano y su hijo Tito hayan tenido poca simpatía por los judíos. En cuanto al tercero de la dinastía, Domiciano, su carácter tiránico no lo disponía a respetar una religión que sobresalía por su diferencia; así pues, luego de la gran persecución del 95 contra los cristianos, fueron también ultimados numerosos judíos y, entre ellos, incluso miembros de la familia imperial que se habían convertido al judaísmo.
Trajano llegó al poder el 98. Soñando con renovar las hazañas de Alejandro en Oriente, decidió abatir a los partos. Como sus campañas vaciaran las arcas del estado, aumentó los impuestos. Las comunidades judías del imperio ya no aguantaron una presión fiscal cada día creciente, y pronto, en Cirenaica, Egipto y Chipre se desencadenaron movimientos de revuelta a los que se juntaron las ricas comunidades de Mesopotamia.









Desierto de Judá entre Jerusalén y Jericó
Bar Kochba

Cuando, el año 117, murió súbitamente Trajano, la agitación de las comunidades judías parecía haberse apaciguado. Adriano, que acababa de llegar al poder, visitó Jerusalén el 130 y la encontró más o menos en el mismo estado en que la había dejado la primera rebelión y su aniquilamiento por Roma. Decidió entonces edificar allí una nueva ciudad, Aelia Capitolina, en la que se construiría en el mismo sitio del Templo un santuario en honor a Júpiter Capitolino. También parece que la circuncisión, que para los romanos era igual que una castración, fue prohibida por ese mismo tiempo. Lo cierto es que el 132, apenas el emperador abandona el Oriente, un tal Simón Kosiba, por sobrenombre Bar Kochba, el Hijo de la Estrella, se pone a la cabeza de la insurrección.
Reconocido como Mesías por el ilustre rabino Rabbi Aquiba, y apoyado por el sacerdote Eleazar, Simón extendió su movimiento por todo el país. Sorprendidos, los romanos se replegaron tras las fronteras, dejando el campo libre a los revoltosos. Jerusalén fue liberada, se acuñó moneda, se restableció el culto; pero no fue más que una ilusión. Las legiones contraatacaron y el levantamiento fue aplastado más terriblemente aún que en los días de Tito. A comienzos del 134 cayó Jerusalén y los romanos no tardaron en desalojar y masacrar los grupos de resistencia que habían buscado refugio en las grutas excavadas en las quebradas que descienden del desierto de Judá al Mar Muerto.; Bar Kochba murió en un último combate, y Roma tomó el país en sus manos, borrando incluso el recuerdo del pasado: Judaea sería en adelante Palestina .

Los judíos se organizan

Cafarnaún – La sinagoga reconstruida después del sismo del año 419 de nuestra era


La población judía de Palestina no era más que la sombra de lo que había sido: el número de víctimas era considerable y más aún el de los cautivos vendidos como esclavos. Ese “pequeño resto” sin embargo llevará a cabo el trabajo considerable esbozado en Jamnia entre ambas rebeliones, el que prosiguió en las escuelas rabínicas de Palestina. Las sinagogas experimentarán un gran desarrollo, muy especialmente en Galilea en donde residirá en adelante el Sanedrín.
El emperador Antonio “pío” (138-161) era un hombre recto y concienzudo. Respetuoso de la diversidad de sus súbditos, concedió nuevamente a los judíos el derecho a practicar la circuncisión, pero sólo a las personas nacidas de padres judíos. Los favores de Roma no eran desinteresados: el peligro parto estaba siempre latente en la frontera oriental del imperio; las comunidades judías de Mesopotamia eran poderosas y se podía siempre temer que siguieran el partido del enemigo. Roma no vaciló, pues, en reforzar los poderes del Sanedrín, confiriendo a su presidente el título de Patriarca de los judíos

Cristianos en Palestina
El muro sur de la iglesia sinagogal del Cenáculo, en la colina de Sión en Jerusalén

En un comienzo, la comunidad cristiana de Jerusalén estuvo compuesta por judíos de Palestina; formados en la escuela de los profetas, alimentados por las palabras de los profetas, habían reconocido en Jesús de Nazaret el Mesías anunciado a sus padres. Para esos “cristianos de la circuncisión” – como a menudo se los designará para distinguirlos de los cristianos de origen pagano – la Ley no ha sido abrogada sino transfigurada. No descuidan nada de las observancias prescritas por la Tora, pero su fe en Cristo los hace sospechosos a los ojos de los demás judíos, y los conflictos son entonces frecuentes. Se sabe que, al estallar la primera rebelión judía, los judío-cristianos de Judea buscaron refugio en Samaria, y luego en Pella en Transjordania (Mc 13,14), manteniéndose así al margen de las hostilidades.

Las dos revueltas judías acrecentaron la diversidad de la población en Palestina: griegos, sirios y gente que había llegado de todos los países de Oriente se codeaban con los judíos que sobrevivieron a las masacres y a los destierros. Los judío-cristianos se veían, pues, entre los judíos que desconfiaban de ellos y los cristianos salidos de otros pueblos. Esa situación contribuyó al rompimiento del grupo.
Unos reconocían en Jesús de Nazaret al Mesías Hijo de Dios hecho hombre, mientras que otros se limitaban a confesar su carácter mesiánico: entre ambos hubo muchas variantes. Ya a mediados del siglo segundo, Hegesipo, un cronista de la Iglesia de Palestina, nombra una docena de sectas judío-cristianas, sin ningún lazo con la gran Iglesia en la que los fieles de origen pagano son la gran mayoría. Esas pequeñas comunidades privadas de cualquier apoyo y divididas se fueron extinguiendo. Cuando, en el concilio de Nicea, el 325, se hizo el censo de los obispos asistentes que representaban a las comunidades de Palestina, ninguno de ellos llevaba un nombre judío.
Antes de desaparecer, las comunidades judío-cristianas dejaron una literatura abundante. Esas obras bastante desiguales, entre las cuales se pueden mencionar el Evangelio según los Hebreos, el Evangelio de Pedro, la Historia de la Dormición de la Santa Madre de Dios y la Historia del carpintero José, no han sido recibidas por la Iglesia en el Canon de las Escrituras.

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